Con una segunda temporada en Canal 13, funciones agotadas y una nominación a los Martín Fierro, Fernanda Metilli, Connie Ballarini, Malena Guinzburg y Natalia Carulias construyeron algo poco frecuente: cercanía real en tiempos de personajes artificiales.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Fui a la grabación de Las chicas de la culpa con mucha curiosidad.
No solamente como espectadora, sino también como miembro de APTRA y comunicadora, interesada en observar cómo se construye un programa que logró convertirse en uno de los fenómenos más genuinos del humor actual y que este año recibió una merecida nominación.
El próximo 18 de mayo sabremos si finalmente se queda con el premio.
La grabación que presencié tuvo como invitado a Roberto Moldavsky y verdaderamente fue un programón, pero más allá de las risas, hubo algo que me llamó especialmente la atención: el enorme profesionalismo que existe detrás de escena.
Desde afuera, uno podría imaginar que todo sucede naturalmente, como una charla improvisada entre amigas y justamente ahí está el mérito, porque para que algo parezca espontáneo tiene que existir muchísimo trabajo detrás.
Hay producción, realización, ritmo, estructura, guion y un gran equipo sosteniendo cada detalle para que Fernanda Metilli, Connie Ballarini, Malena Guinzburg y Natalia Carulias puedan desplegar esa frescura que parece tan simple y que, en realidad, es muy difícil de lograr.
Quizás ese sea el verdadero secreto de Las chicas de la culpa: lograron que el público sienta cercanía.
Y hoy eso vale muchísimo.
En una época donde muchas figuras aparecen construidas desde una perfección artificial o una distancia inalcanzable, ellas representan otra cosa.
Se muestran reales, hablan de contradicciones, inseguridades, vínculos, maternidad, frustraciones, deseo, culpa y cansancio sin solemnidad ni pose.
La gente no las percibe como estrellas lejanas.
Las siente posibles.
Cercanas.
Humanas.
Por eso generan identificación.
El fenómeno tampoco nació de un día para el otro.
Las chicas vienen construyendo este vínculo desde hace años en el teatro y el stand up, recorriendo escenarios, haciendo temporadas, agotando funciones y consolidando una comunidad que después se expandió a una gira internacional que las llevó por España, Gran Bretaña, Países Bajos.
Luego regresaron a la Argentina para seguir girando y comenzar esta segunda temporada televisiva con el mismo respaldo del público.
Y hay algo muy importante ahí: la gente no solamente las consume, las acompaña.
Dentro de este grupo de enorme talento, hay una actriz que, en lo personal, siempre logra destacarse especialmente: Fernanda Metilli.
La descubrí hace años en La Pelu, el programa que conducía Florencia de la V en Telefe.
Allí interpretaba un personaje adorable, ingenuo y muy querible, una recepcionista que se caracterizaba por ser muy distraída y enamoradiza.
Recuerdo haber pensado en ese momento que había algo distinto en ella, una calidez muy difícil de fingir y un timing natural para el humor que no se aprende.
Después seguí viendo sus trabajos y siempre me sucedió lo mismo.
El año pasado la vi en Empieza con D, siete letras junto a Eduardo Blanco, dirigida por Juan José Campanella, y nuevamente confirmó esa capacidad de destacarse sin necesidad de sobreactuar.
Esta semana volvió a pasarme en Berlín Berlín. Incluso rodeada de grandes actores como: Pablo Rago, Maxi de la Cruz y Juan Pablo Geretto, un elenco sólido y de excelencia, Fernanda tiene algo magnético arriba del escenario.
Hay artistas que simplemente interpretan personajes y hay otras que generan empatía inmediata. Ella pertenece claramente a ese segundo grupo.
Tiene carisma, ductilidad, simpatía y una enorme capacidad para conectar emocionalmente con el público.
Y quizás ahí también esté parte del fenómeno de Las chicas de la culpa.
En tiempos donde todo parece demasiado producido, ellas todavía conservan algo cada vez más escaso: autenticidad.
Si querés verlas, la cita es el domingo a las 21 hs por El Trece.
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