El cuerpo no tiene botón de reset. Hay algo que sucede todos los años cuando llega la primavera: nos sacamos el abrigo y, con él, parece que también nos sacamos una especie de venda de los ojos.
Volvemos a mirar nuestro cuerpo, a cuestionarlo y a preguntarnos qué hicimos con él durante el invierno.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
La primavera tiene esa particularidad.
Nos devuelve el cuerpo.
Aparecen las musculosas, los vestidos, los shorts, la ropa de verano.
Nos miramos un poco más frente al espejo.
Volvemos a compararnos.
Y muchas veces aparece esa sensación incómoda de que deberíamos haber hecho algo antes: bajar algunos kilos, empezar el gimnasio, comer mejor, movernos más, tomar un poco de sol…
Y entonces comienza la carrera.
La dieta de moda.
El entrenamiento de moda.
El suplemento.
La pastilla.
La inyección.
La recomendación de alguien en redes sociales que bajó diez kilos y asegura que encontró “la solución”.
Queremos resultados rápidos para problemas que, en realidad, llevaron meses o años a construirse.
Y ahí aparece una pregunta que deberíamos hacernos antes de pensar en cuántos kilos queremos bajar:
¿Qué estamos dispuestos a hacer con nuestro cuerpo para conseguir ese resultado?
Porque una cosa es querer vernos mejor y otra, muy diferente, es poner en riesgo nuestra salud para conseguir rápidamente un determinado aspecto.
El caso de Sofía Gonet, conocida como “La Reini”, volvió a poner este tema sobre la mesa.
La influencer contó públicamente que se había inyectado retatrutide, una sustancia que todavía se encuentra en investigación clínica y que no está aprobada para uso público.
Según relató, después de aplicársela tuvo síntomas que la llevaron a recibir atención médica.
El dato importante no es solamente lo que le ocurrió a una persona conocida.
El dato importante es qué era esa sustancia y de dónde había salido.
En agosto, ANMAT había alertado sobre la comercialización en Argentina de productos que declaraban contener retatrutide o retatrutida y que se ofrecían a través de páginas web, plataformas de venta online y WhatsApp.
El organismo explicó que se trataba de productos sin autorización como especialidades medicinales, cuyo origen, composición y condiciones de elaboración no podían ser garantizados.
Y el 24 de septiembre fue todavía más contundente: mediante la Disposición 6140/2026, ANMAT prohibió en todo el territorio nacional el uso, la comercialización, la publicación y la distribución de cualquier producto para administración en humanos que declarara contener retatrutide o retatrutida, salvo los destinados a investigaciones clínicas expresamente autorizadas.
Esto debería hacernos pensar.
Porque cuando compramos un producto médico por fuera de un circuito regulado, no necesariamente sabemos qué estamos comprando.
No sabemos si contiene realmente lo que dice la etiqueta.
No sabemos en qué condiciones fue elaborado.
No sabemos si la dosis declarada es la dosis real.
No sabemos qué contaminantes puede contener.
Y, sobre todo, no sabemos cuáles son sus riesgos.
Esto no es una hipótesis.
La Organización Mundial de la Salud viene alertando sobre medicamentos falsificados y, específicamente, sobre productos falsificados de semaglutida.
En junio de 2024 confirmó tres lotes falsificados de Ozempic detectados en Brasil, Reino Unido y Estados Unidos.
La OMS advirtió que estos productos pueden contener dosis incorrectas, sustancias contaminantes, ingredientes desconocidos o sustituidos y que, al tratarse de productos inyectables, los riesgos pueden ser graves.
En Argentina también hubo una alerta concreta.
En julio de 2025, ANMAT informó sobre la venta de un supuesto “Ozempic Semaglutida Tablets”.
El problema era evidente: Ozempic no existe a nivel mundial en presentación oral; la marca se comercializa como medicamento inyectable.
El producto detectado además provenía de una empresa que no contaba con antecedentes de habilitación ante ANMAT para fabricar o importar medicamentos.
Es decir: el problema no es solamente tomar un medicamento sin consultar.
También existe el riesgo de comprar algo que ni siquiera sea el medicamento que creemos estar comprando.
Y acá aparece otra confusión.
Los medicamentos para el descenso de peso no son caramelos.
Algunos de ellos tienen evidencia científica, indicaciones precisas y pueden formar parte de tratamientos médicos.
Pero que un medicamento sea legítimo no significa que pueda utilizarse de cualquier manera, en cualquier dosis y por cualquier persona.
La FDA, por ejemplo, documentó errores de dosificación con preparados inyectables de semaglutida compuesta.
Algunos pacientes recibieron entre cinco y veinte veces la dosis prevista por errores de medición o de conversión.
Hubo personas que necesitaron atención médica y hospitalización, con eventos como vómitos intensos, dolor abdominal, deshidratación, desmayos, pancreatitis aguda y cálculos biliares.
La conclusión es bastante sencilla:
un medicamento puede ser una herramienta terapéutica y, al mismo tiempo, ser peligroso si se utiliza de manera incorrecta.
Por eso existe la consulta médica.
Por eso existen los controles.
Por eso existen las recetas.
Por eso existen las dosis.
Y por eso existe algo que parece cada vez más antiguo en esta época de soluciones instantáneas: la responsabilidad individual sobre nuestra propia salud.
Porque quizás antes de preguntarnos qué podemos tomar para adelgazar deberíamos preguntarnos cómo estamos.
¿Nos hicimos un chequeo?
¿Sabemos cómo están nuestros valores?
¿Tenemos alguna condición previa?
¿Estamos tomando otros medicamentos?
¿Sabemos qué actividad física podemos realizar?
¿Necesitamos un apto físico?
¿El entrenamiento que elegimos está adaptado a nuestro cuerpo?
¿El profesional que nos acompaña conoce nuestras condiciones?
Son preguntas bastante menos glamorosas que “¿cuántos kilos puedo bajar en un mes?”.
Pero son muchísimo más importantes.
Y acá aparece otro tema que me interesa especialmente: **el ejercicio tampoco debería convertirse en una forma de castigo**.
Queremos compensar lo que comimos.
Queremos bajar rápido.
Queremos entrenar todos los días.
Queremos resultados visibles.
Y muchas veces olvidamos que el cuerpo necesita adaptación.
Que no todos podemos hacer el mismo ejercicio.
Que una persona que vuelve al gimnasio después de años no necesariamente puede entrenar como alguien que lleva años haciéndolo.
Que determinadas condiciones requieren evaluación médica.
Que el esfuerzo físico también tiene que ser responsable.
No se trata de tener miedo.
Se trata de tener información.
Porque cuidar el cuerpo no significa dejar de exigirlo.
Significa saber cuánto, cómo y cuándo exigirlo.
Y entonces volvemos al principio.
A la primavera.
A ese momento en que nos sacamos el abrigo y volvemos a encontrarnos con nuestro cuerpo.
Quizás el problema no sea querer cambiarlo.
Quizás el problema sea creer que tenemos que cambiarlo ya, cueste lo que cueste.
Vivimos en una época que nos acostumbró a pensar que todo tiene una solución inmediata.
Pedimos comida y llega.
Compramos ropa y llega.
Queremos información y aparece en la pantalla.
Entonces también queremos pedir un cuerpo nuevo y recibirlo en una semana.
Pero el cuerpo no funciona así.
No tiene botón de reset.
No tiene delivery.
No hay una cápsula capaz de reemplazar todos nuestros hábitos.
Y, aunque existan tratamientos médicos eficaces para determinadas personas, no son magia.
Requieren indicación, seguimiento, controles y responsabilidad.
La verdadera transformación suele ser mucho menos espectacular.
Es comer un poco mejor.
Dormir mejor.
Moverse.
Entrenar con criterio.
Consultar.
Hacerse controles.
Aprender.
Sostener.
Volver a empezar cuando un día no pudimos.
Y repetir.
DISCIPLINA Y CONSTANCIA.
Dos palabras que no tienen demasiado marketing.
No se venden en una caja.
No vienen con una jeringa.
No tienen un influencer que las promocione.
Y, sin embargo, son probablemente dos de las herramientas más poderosas que tenemos para cuidar nuestra salud.
Y son gratis.
Por eso quizás el verdadero lujo silencioso no sea tener el cuerpo perfecto.
Quizás sea algo mucho más difícil:
tener salud, información y conciencia para cuidar el cuerpo que tenemos.
Porque podemos cambiar una dieta.
Podemos cambiar una rutina de entrenamiento.
Podemos cambiar una prenda.
Podemos incluso cambiar nuestra manera de mirarnos.
Pero nuestro cuerpo no tiene botón de reset.
Y cuando llegue la primavera, antes de preguntarnos solamente “¿cómo me veo?”, quizás deberíamos hacernos una pregunta bastante más importante:
¿Cómo estoy?
Porque el cuerpo que queremos mostrar también es el cuerpo que tenemos que cuidar.
Ah, te recuerdo que estamos en octubre, mes de concientización sobre el cáncer de mama, ya te hiciste los controles?
Hasta la próxima
La Señora del Lujo Silencioso
El cuerpo no tiene botón de reset. Hay algo que sucede todos los años cuando llega la primavera: nos sacamos el abrigo y, con él, parece que también nos sacamos una especie de venda de los ojos.
Volvemos a mirar nuestro cuerpo, a cuestionarlo y a preguntarnos qué hicimos con él durante el invierno.
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