Interés general
22/02/2026

EL VERDADERO LUJO ES LLEGAR ENTERA AL TIEMPO

En una época obsesionada con borrar la edad, aceptar arrugas y canas se vuelve un gesto de elegancia profunda. Menos intervención, menos químicos y menos guerra contra el tiempo y el cuerpo.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

El lujo silencioso hoy, no es parecer joven, sino vivir con salud, coherencia y paz con el espejo.


Soy una señora, una mujer Silver.

Humana.

Mi adolescencia y juventud transcurrieron en los años 70,80 y principios de los 90, cuando no tener lolas parecía un problema a resolver.

No era una cuestión de gusto personal ni de identidad: era casi un mandato generacional.

Si no tenías lolas, te las hacías.

La cirugía estética se presentaba como una solución lógica, rápida, moderna.

Yo siempre dudé.

No por superioridad moral, sino por miedo.

Entrar a un quirófano solo me resultó pensable si estaba en juego la vida.

Vida o muerte.

Todo lo demás me parecía negociable.

El tiempo pasó, como pasa siempre, y un día, ya entrada en mis cuarenta largos, caminaba a las ocho de la mañana por la playa de Villa Gesell con una amiga. Volvíamos tranquilas a nuestro balneario cuando vimos venir de frente a una mujer rubia, elegante, finísima, acompañada de su marido.

“Qué mona esa señora”, le dije.

Al acercarse confirmé la primera impresión: era mona, era rubia, tenía porte.

Y sí, tenía las lolas hechas, perfectas, intactas; paradas como las de una chica de veinte años, pero el resto de su cuerpo contaba otra historia.

Las rodillas, la piel, la forma de caminar.

El tiempo estaba ahí, visible, inevitable.

En ese instante entendí algo que nunca más se me olvidó: las lolas no envejecen nunca, vos sí.

El cuerpo humano envejece de manera integral.

Cuando una parte queda congelada, aparece la desarmonía, no por fealdad, sino por falta de verdad.

La única batalla que perdimos al nacer es la lucha contra la vejez.

No hay crema, cirugía, inyección ni tratamiento que pueda revertir eso, sin embargo, insistimos y en esa insistencia se juega mucho más que la estética: se juega la salud, la identidad y la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo.

Durante décadas, especialmente en las mujeres, el envejecimiento fue tratado como una enfermedad.

Las arrugas como un error, las canas como abandono.

El cuerpo como un proyecto infinito de corrección.

Así empezamos a tensar, infiltrar, cubrir, tapar, teñir, alisar, modificar.

Mes tras mes, año tras año, producto tras producto, procedimiento tras procedimiento.

El cuerpo dejó de ser un aliado para convertirse en un territorio en guerra.

En el cabello, el impacto es evidente.

El uso prolongado de tinturas, decoloraciones y tratamientos químicos agresivos daña la fibra capilar, altera el cuero cabelludo, genera caída, resequedad, alergias tardías y una dependencia constante de nuevos productos para “arreglar” el daño anterior.

Muchas mujeres que dejan de teñirse descubren algo revelador: el problema nunca fueron las canas, sino la violencia sostenida para ocultarlas.

En la piel ocurre algo similar.

La sobre intervención rompe la barrera natural, genera microinflamaciones constantes y altera la capacidad de autorregulación del organismo.

El rostro se vuelve rígido, inexpresivo, ajeno, no más joven, sino menos propio, menos humano.

Cada intervención obliga al cuerpo a adaptarse, a defenderse, a cicatrizar.

Vivir permanentemente intervenidas mantiene al organismo en un estado de alerta que no es gratuito.

Pero a veces no es la vanidad lo que nos mueve, es el deseo.

El deseo de ser otra, de volver atrás.

De gustar, de no quedar afuera, de no desaparecer.

Vivimos en una época donde el deseo no admite espera.

Lo queremos ya, ahora.

Sin proceso, sin tiempo, sin preguntas.

Cuando el deseo se vuelve urgente, deja de ser deseo y pasa a ser mandato.

Ahí es donde dejamos de pensar en las consecuencias.

El cuerpo se transforma en un objeto a modificar y no en un organismo a cuidar.

Se inyecta, se corta, se anestesia, se fuerza.

Como si el tiempo pudiera engañarse, como si la biología obedeciera al capricho.

El deseo, cuando no se piensa, también puede llevarnos a la muerte.

La historia reciente lo demuestra: personas que pusieron el cuerpo en riesgo por alcanzar una imagen, una promesa, una idea de juventud eterna.

No murieron por envejecer, murieron por no aceptar el paso del tiempo.

Las arrugas, en cambio, no son fallas.

Son risas, preocupación, deseo, duelo, experiencia, felicidad, alegría.

Un rostro con arrugas es un rostro legible, dice quién sos y por dónde pasaste.

En un mundo obsesionado con la superficie, las arrugas devuelven profundidad.

Las canas tampoco envejecen.

Lo que envejece es el miedo a mostrarlas.

Para muchas mujeres, dejarlas aparecer no es dejadez, sino una decisión consciente, un gesto de coherencia.

Una manera de decir: no me escondo. No me corrijo para encajar. Me habito.

Tal vez haya llegado el momento de hacernos otra pregunta, no qué deseo cumplir, sino qué nos conviene.

Cómo queremos vivir.

En qué condiciones. Con qué cuerpo, con qué energía, con qué salud.

Pensar menos en cumplir un deseo a cualquier precio y más en sostener una vida habitable, larga, plena, consciente.

Quizás la mejor medicina no esté en borrar el tiempo, sino en acompañarlo.

Un médico coherente, un chequeo anual, una alimentación indicada por un profesional, movimiento, caminar, ejercitarse, cuidar el cuerpo sin castigarlo.

Y también cuidar algo igual de importante: el entorno emocional.

No habitar espacios tóxicos, no sostener vínculos que drenan energía, no convertirse en el tacho de basura donde otros descargan su frustración.

Aceptar el paso del tiempo no es resignación, es madurez, es identidad; es salud emocional.

Muchas mujeres que dejan de luchar contra su edad describen una sensación parecida: alivio, menos ansiedad, menos autoexigencia.

Más paz con el espejo.

En una época que confunde lujo con exceso, tal vez el verdadero lujo sea otro.

Más silencioso, más profundo.

El lujo de un cuerpo que no está en guerra consigo mismo.

El lujo de llegar entera al tiempo.

PD: La juventud eterna no existe, pero sí existe un gran negocio que vive de prometerla.

Peluquerías, productos capilares, medicina estética y tratamientos milagrosos que, muchas veces, juegan con la ansiedad y los deseos de quienes temen el paso del tiempo.

Me da la sensación de que es por ahí.

¿Vos qué opinás?


Hasta la próxima

La Señora del Lujo Silencioso


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