El deterioro educativo, la cultura de la inmediatez y la pérdida del criterio están impactando en algo más profundo que la economía: nuestra capacidad de distinguir valor.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
No somos solo víctimas del declive industrial argentino, también somos responsables.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Hay algo más profundo que la crisis de la industria textil argentina.
Algo menos visible, pero más determinante: el deterioro de la matriz educativa y cultural que nos permitía distinguir calidad, esfuerzo y valor.
Tengo 63 años.
Empecé el secundario en 1976 y lo terminé en 1980.
En esa época, aprobar no era un trámite.
En muchos colegios se aprobaba con 7, como en el mío, si no llegabas, te llevabas la materia y si te llevabas la materia, no estudiabas esa unidad que no aprobaste; estudiabas todo el programa y en 10 o 12 días.
Eso generaba algo fundamental: profundidad.
Estudiábamos para entender, para analizar, para pensar, para construir criterio.
Hoy el escenario cambió.
Se aprueba con 4.
Si te llevás una unidad, estudiás solo esa unidad.
Si no comprendés un concepto, avanzás igual.
No olvidemos que durante la pandemia, los gobiernos pedían a los colegios que aprobasen a los alumnos, sea como sea.
Así estamos.
El resultado es una formación fragmentada, superficial, que erosiona lentamente algo esencial: la capacidad de discernimiento.
Y esto no es un tema educativo aislado.
Tiene consecuencias directas en la economía, en la industria y en la cultura productiva del país.
Porque cuando una sociedad pierde criterio, pierde también la capacidad de reconocer calidad.
¿Quién puede hoy identificar una buena confección?
¿Quién distingue fibras naturales de sintéticas?
¿Quién entiende la durabilidad de una prenda?
¿Quién percibe que está comprando descarte global?
Me crié con una bisabuela y una abuela que sabían de calidad, de costura, de bordado, de tejido.
De niña nunca me compraron un sweater: todo lo tejía mi abuela y eran maravillosos.
Mi madre aprendió costura en uno de los mejores institutos de Buenos Aires y me hacía prendas con terminaciones de alta costura, hechas a mano.
La hermana de mi madre, mi tía, bordaba a mano vestidos de gala con cristales y lentejuelas.
Las telas se compraban en las mejores tiendas.
Estuve rodeada de lo mejor sin tener ropa de marca.
Aprendí lo que es una buena tela o una buena costura porque viví rodeada de manos que sabían hacerlo.
Ellas, con sus actos, me enseñaron lo que es la calidad y el saber elegir.
Será por eso que escribo lo que escribo.
Algo me dice que así no podemos seguir.
¿Estamos perdiendo la batalla frente a la macroindustria global y el ingreso masivo de ropa descartada?
La importación de ropa usada creció más de 19.000% en un año.
No es solo un problema económico, también es el reflejo de una sociedad que perdió herramientas para evaluar lo que consume.
Y aquí aparece otro factor determinante: la tecnología.
Nunca hubo tanto acceso a la información y, sin embargo, cada vez hay menos profundidad.
Menos lectura.
Menos vocabulario.
Menos pensamiento crítico.
No es un juicio generacional.
Es un fenómeno estructural.
Cuando se reduce el vocabulario, se reduce el pensamiento.
Cuando se reduce el pensamiento, se pierde criterio.
Y cuando se pierde criterio, se pierde calidad.
Entonces surge una pregunta incómoda:
¿Estamos preparados para el cambio que estamos viviendo?
¿Estamos preparados para detectar que estamos comprando la basura del mundo?
¿Estamos preparados para defender nuestra industria?
¿Estamos preparados para sostener una cultura productiva?
La industria textil argentina genera más de 500.000 empleos, tiene más de 150 años de historia y forma parte de la identidad productiva del país, pero ninguna industria sobrevive sin consumidores con criterio.
Y el criterio se construye con educación.
Durante años, la sociedad argentina se posicionó en el rol de víctima: de la economía, de la política, de la globalización.
Pero hay algo que también debemos reconocer: muchas veces miramos para otro lado.
Aceptamos la pérdida de calidad.
Naturalizamos la mediocridad.
Priorizamos lo barato por sobre lo durable.
Celebramos la inmediatez por sobre el esfuerzo.
No somos solo víctimas del deterioro.
Somos, también, partícipes necesarios.
Porque una sociedad que deja de exigir calidad, deja de producir calidad.
Y cuando eso ocurre, el declive deja de ser una advertencia.
Empieza a convertirse en destino.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
El lujo contemporáneo ya no se define únicamente por la estética ni por el deseo aspiracional.
En un mundo atravesado por tensiones geopolíticas, incertidumbre económica y fragilidad logística, comienza a vincularse con la coherencia, la seguridad simbólica y la verdadera capacidad de sostener y producir aquello que elegimos consumir.
Mientras el mundo discute guerras y las capitales celebran moda, las pasarelas siguen encendidas.
En París se celebra la Paris Fashion Week.
En Argentina, el circuito local continúa con eventos como Buenos Aires Fashion Week.
Modelos, flashes, celebridades, champagne.
Pero afuera del salón, el mundo habla de otra cosa.