La moda argentina tuvo, en apenas tres noches, su propia auditoría pública.
La entrega de los Martín Fierro de la Moda, el aniversario de Revista Caras y la gala inspirada en “El Diablo viste a la Moda” en el MALBA funcionaron como vidrieras consecutivas de un mismo sistema.
Y cuando se observa el sistema, no el caso aislado, lo que aparece es menos glamoroso que la superficie.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
En los Martín Fierro de la Moda, el evento que debería condensar lo mejor de la industria, se hizo evidente una tensión que ya no logra disimularse.
Más allá de ciertos excesos, esa mezcla de excentricidad, estilización forzada y en algunos casos, una peligrosa cercanía con el disfraz, lo que empezó a notarse fue otra cosa: la falta de novedad real.
Pocas propuestas textiles nuevas.
Escasa investigación en materiales.
Resoluciones conocidas.
Cuando la materia prima se empobrece, el diseño también se restringe.
No es una cuestión de talento: es una consecuencia estructural.
Y, sin embargo, en una noche que celebra a la moda, casi no hubo espacio para hablar de lo que la sostiene.
La crisis de la industria textil argentina y, más silenciosa aún, la desaparición progresiva de los oficios.
Bordadores, sastres, modelistas, especialistas en terminaciones.
Saberes que no se reemplazan con styling ni con exposición mediática.
El lunes, en el evento de Revista Caras, el código blanco y negro operó como contención.
Hubo orden, cierta prolijidad, menos margen para el error.
Pero también menos riesgo.
En contextos restrictivos, la moda tiende a volverse conservadora, algunos desaciertos hubo…
El contraste más interesante apareció en la gala del MALBA, organizada por la creadora de la Semana de la Alta Costura, SAC, Elina Costantini.
Bajo la consigna rojo y negro, se percibió mayor intención: diseñadores más involucrados en la construcción de imagen, estilismos más pensados, y un respeto más consistente por el código de gala.
Allí, la moda volvió a acercarse a su idea de evento.
Aun así, algunos desacoples resultaron sintomáticos.
El caso de Nicole Neuman, con una elección más cercana a un registro ejecutivo que de gala, no es simplemente una decisión personal: es reflejo de una época donde los códigos se diluyen y la forma pierde jerarquía.
Pero quizás el dato más elocuente de la semana fue otro.
En otras épocas, llevar una firma internacional sumaba, pero no definía.
Hoy, en cambio, la diferencia se vuelve evidente.
Carolina Pampita Ardohain, con un diseño de Carolina Herrera en los Martín Fierro de la Moda, y Rosella della Giovampaola (presente en los tres eventos con vestidos de casas internacionales) se destacaron con claridad.
No por exceso, sino por precisión: calidad de ejecución, terminaciones, coherencia estética.
Cuando eso sobresale tanto, deja de ser una virtud individual y pasa a ser evidencia de contexto.
En paralelo, empieza a instalarse otro recurso: la desnudez como atajo. Transparencias extremas, exposición sin relato, provocación sin construcción. Lejos de sofisticar, en muchos casos empobrece.
No es un fenómeno local, el propio Festival de Cannes tuvo que ordenar su alfombra roja con lineamientos más estrictos para evitar excesos.
No se trata de limitar, sino de recordar que sin diseño, el impacto es efímero.
En los Martín Fierro de la Moda, estos gestos no lograron construir discurso y ahí vuelve a aparecer el problema de fondo: cuando faltan recursos, materiales, técnicos, industriales, el cuerpo empieza a ocupar el lugar que antes tenía el oficio.
Sería un error, sin embargo, leer esta escena como una falta de talento.
La moda argentina no carece de diseñadores: carece de condiciones, con una estructura industrial debilitada, acceso limitado a materias primas de calidad y una cadena de oficios en retroceso, muchos creadores trabajan en un escenario restrictivo, y aun así, resuelven.
Hay talento, y mucho. que no siempre encuentra visibilidad.
Diseñadores que, incluso dentro de estas limitaciones, logran piezas con criterio, buena construcción y sensibilidad estética.
Defender la industria nacional no implica negar sus problemas, sino entenderlos. Porque cuando el contexto mejora, ese talento responde.
La señora del lujo silencioso (que observa, registra y elige con cierto criterio) no deja de defender esa creatividad y ese talento argentino, pero justamente por eso, lamenta el silencio… la ausencia de palabras sobre una crisis que no es abstracta: son talleres que cierran, oficios que se pierden, saberes que desaparecen.
Frente a ese escenario, el lujo silencioso deja de ser solo una tendencia para convertirse en una posición.
Calidad por sobre estridencia.
Construcción por sobre impacto inmediato.
Permanencia por sobre efecto.
El problema es que ese lujo, el verdadero, depende de una industria que hoy está en crisis.
Lo que vimos esta semana no fue solo una sucesión de eventos sociales fue un diagnóstico.
Y la alfombra roja, esta vez, no mintió.
PD: no voy a spoilear El Diablo viste a la Moda, pero hay algo que sí puedo anticipar: el lujo silencioso no es tendencia, es criterio y está muy presente en la película.
Antes de finalizar esta columna, quiero destacar la excelente organización de la Gala Couture en el MALBA por la premier de El Diablo viste a la Moda, de la mano de Semana de Alta Costura, dirigida por Elina Costantini.
El trato hacia los invitados fue de excelencia.
Todos fuimos considerados VIP.
En un contexto donde muchas veces se marcan diferencias innecesarias entre celebridades e invitados, esta vez ocurrió lo contrario: hubo respeto, cuidado y una experiencia homogénea.
Y eso, que debería ser norma, hoy se vuelve excepcional.
También ahí aparece el verdadero sentido del lujo silencioso: en los detalles, en el trato, en lo que no necesita exhibirse para percibirse.
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
La moda argentina tuvo, en apenas tres noches, su propia auditoría pública.
La entrega de los Martín Fierro de la Moda, el aniversario de Revista Caras y la gala inspirada en “El Diablo viste a la Moda” en el MALBA funcionaron como vidrieras consecutivas de un mismo sistema.
Y cuando se observa el sistema, no el caso aislado, lo que aparece es menos glamoroso que la superficie.