Del zapato de Carrie Bradshaw a los dupes virales: ¿compramos calidad, identidad… o reconocimiento social?
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Antes de iniciar mi columna creo necesaria esta aclaración, aprendemos juntas?:
Hay tres categorías distintas:
Inspiración / dupe
Se inspira en un diseño famoso.
No lleva el logo original.
No intenta hacerse pasar oficialmente por la marca.
Ejemplo: una cartera “estilo Birkin” sin decir Hermès.
Réplica
Copia casi exacta del diseño.
Puede o no incluir logo.
Ya entra en una zona mucho más gris legal y ética.
Falsificación
Usa directamente el logo y la identidad de la marca.
Busca engañar haciendo creer que es original.
Es ilegal.
Ahora sí, vamos al tema central:
Esta semana volví a ver la primer película -soy una de las fanáticas de la serie- de “Sex and the City” y recordé algo que marcó a toda una generación.
Porque todas queríamos ser un poco Carrie Bradshaw o alguna de sus amigas.
Pero hubo un objeto puntual que se convirtió en símbolo absoluto de deseo: los zapatos de Carrie.
Todos eran de Manolo Blahnik, pero hubo uno en especial que quedó grabado para siempre.
El modelo Hangisi Pumps.
El zapato azul con hebilla de cristales que aparece cuando Big le propone casamiento.
Como una Cenicienta moderna.
Ese zapato era EL zapato, el soñado, el que todas queríamos tener alguna vez en el placard.
Pero pasó algo muy interesante, ese modelo que parecía exclusivo terminó fabricándose en distintos colores y versiones para venderse alrededor del mundo. Y entonces empezó la locura.
Las que podían viajar a Miami buscaban el original en un outlet o en un sale.
Las que no, buscaban alguna marca que se inspirara en el modelo.
Y después apareció algo todavía más actual: el dupe, la copia.
La imitación más barata.
La posibilidad de parecerse al original sin tener el original.
En Zara costaban 79,95 dólares, 10 veces menos que en Manolo Blahnik.
Y ahí me quedé pensando algo.
¿Qué buscamos realmente?
¿Un objeto exclusivo?
¿O sentir que tenemos el mismo objeto que vimos en una película?
Porque lo más paradójico es que algo pensado como símbolo de exclusividad terminó convertido en un producto completamente masivo.
Y esto no pasa solamente con un zapato, pasa también con las grandes marcas de lujo.
La mayoría de las personas cree que una cartera de Chanel, Louis Vuitton o Prada es exclusiva porque pocas personas la tienen, pero en términos industriales muchas de esas piezas existen en miles —y a veces decenas de miles— de unidades alrededor del mundo.
Las marcas de lujo no publican cifras exactas de producción, pero sí se sabe por investigaciones de mercado y especialistas que una edición verdaderamente limitada puede fabricarse en unos cientos de unidades globales, mientras que los modelos clásicos e icónicos se producen de manera permanente temporada tras temporada.
Chanel trabaja muy bien la idea de escasez controlada produce menos de lo que el mercado demanda, genera listas de espera y reparte stock limitado entre boutiques. Pero modelos históricos como la Classic Flap o la Boy Bag se fabrican continuamente.
Con Louis Vuitton pasa algo parecido. Las cápsulas especiales o colaboraciones artísticas pueden ser limitadas, pero modelos como Speedy, Alma o Neverfull son producción global constante.
Y después aparece el contrapunto perfecto: Zara. Ahí el sistema directamente está pensado para fabricar tendencia de manera industrial. Zara detecta rápido qué desea la gente, replica consumo aspiracional y renueva productos constantemente.
Entonces entendí algo.
La diferencia no es solamente la cantidad.
La diferencia es la narrativa.
Zara vende velocidad.
Chanel vende pertenencia simbólica.
Louis Vuitton vende reconocimiento inmediato.
Prada vende capital cultural.
Pero todas necesitan volumen para sostener negocios globales.
Y ahí aparece la contradicción más interesante.
¿La gente compra lujo por calidad… o para ser vista comprando lujo?
Porque una pieza verdaderamente exclusiva probablemente sería artesanal, personalizada, casi irrepetible y hasta difícil de identificar por un logo.
Sin embargo, el lujo contemporáneo muchas veces funciona exactamente al revés: logos reconocibles, modelos viralizados y consumo replicado en masa.
Es decir, la exclusividad dejó de ser tener algo que nadie tiene.
Ahora parece ser tener algo que todos reconocen.
Y lo más interesante es que cuando muchas personas no pueden acceder al original, aparece el mercado de las imitaciones.
Hace poco incluso se viralizó una versión inspirada en la Birkin de Hermès que se vendía por apenas 80 dólares.
Y millones de personas querían tenerla igual.
Entonces la pregunta deja de ser si el objeto es auténtico.
La pregunta es por qué necesitamos tanto que parezca auténtico.
Ahí aparece la diferencia entre lujo aspiracional y lujo silencioso.
Porque el lujo silencioso no necesita logos gigantes, ni viralización, ni aprobación inmediata, tiene más que ver con la calidad, con la confección, con el criterio personal.
En cambio, el lujo aspiracional muchas veces necesita ser reconocido por los demás.
Y también me hace pensar en otra cosa, tal vez estamos dejando de elegir por calidad para empezar a elegir por validación social, porque un excelente par de zapatos bien hechos, aunque no tenga una marca reconocida, probablemente tenga más valor real que una falsificación comprada solamente para parecer algo que no es.
Y no lo digo desde el juicio, lo digo desde la reflexión.
Porque quizás el verdadero lujo hoy no sea tener el logo correcto.
Quizás el verdadero lujo sea todavía conservar una identidad propia en un mundo donde todos terminamos deseando exactamente lo mismo.
Entonces me quedan algunas preguntas dando vueltas.
¿Compramos objetos porque realmente nos gustan o porque los reconocen los demás?
¿Buscamos calidad, diseño y permanencia… o buscamos pertenecer?
¿Una cartera producida en miles de unidades alrededor del mundo sigue siendo exclusiva o simplemente es inaccesible para muchos?
¿El lujo silencioso existe de verdad o también terminó convertido en una tendencia más de redes sociales?
¿Vale la pena gastar dinero en una falsificación solamente para parecer algo que no somos?
Y también hay algo incómodo que deberíamos asumir: los consumidores no somos solamente víctimas de este sistema.
Muchas veces también somos parte del problema, porque cuando consumimos productos falsificados o de dudosa procedencia sin preguntarnos qué hay detrás, también alimentamos un circuito que muchas veces incluye explotación laboral, precarización y negocios completamente opacos.
Entonces, ¿en qué momento dejamos de elegir con criterio para empezar a consumir validación social?
¿Y qué estamos comprando realmente cuando compramos una imitación? ¿Un objeto… o la ilusión de pertenecer a una identidad que alguien más diseñó para nosotros?
Y quizás la pregunta más importante de todas:
Si todos terminamos deseando exactamente lo mismo… ¿qué queda realmente de nuestra identidad?”
Los dejo pensando…
Pensemos juntos…
Hasta la próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
¿QUIEN DEBE GANAR EL MARTIN FIERRO DE ORO?
La moda argentina tuvo, en apenas tres noches, su propia auditoría pública.
La entrega de los Martín Fierro de la Moda, el aniversario de Revista Caras y la gala inspirada en “El Diablo viste a la Moda” en el MALBA funcionaron como vidrieras consecutivas de un mismo sistema.
Y cuando se observa el sistema, no el caso aislado, lo que aparece es menos glamoroso que la superficie.