Mucho antes de ocupar titulares policiales, los vestidores ya habían ocupado nuestra imaginación. Antes de esconder secretos, guardaban sueños. Pero quizá su verdadero valor no esté en lo que contienen, sino en lo que nos ayudan a dejar atrás.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Mucho antes de ocupar titulares policiales, los vestidores ya habían ocupado nuestra imaginación.
Antes de esconder secretos, guardaban sueños.
Esta semana otra vez volvieron a ser noticia.
Pero no por un diseñador, una tendencia o una colección de zapatos.
Un espacio pensado para guardar ropa quedó en el centro de la escena por razones muy distintas.
Y me hizo pensar en una pregunta que nunca nos hacemos: ¿cuándo un vestidor dejó de ser simplemente un lugar para vestirse y pasó a convertirse en un símbolo?
Quienes crecimos en otra época no tuvimos vestidores.
Tuvimos roperos enormes de madera, heredados de nuestros abuelos, y más tarde placares empotrados.
La ropa era poca, se compraba para durar años y cada prenda tenía un valor especial.
Se remendaba, se heredaba, se cuidaba.
Nadie necesitaba una habitación exclusiva para guardar lo que tenía.
El vestidor moderno nació hacia mediados del siglo XX, entre los años 40 y 60 en los Estados Unidos cuando las casas comenzaron a ser más amplias y nuestro guardarropa empezó a multiplicarse.
Su función era sencilla: organizar mejor la ropa, los zapatos y los accesorios para hacer más práctica la vida cotidiana.
Nació para ordenar, no para exhibir.
Sin embargo, la cultura popular cambió su significado.
En 1998 apareció Carrie Bradshaw en Sex and the City.
Vivía en un pequeño departamento, monoambiente, de Manhattan y ni siquiera tenía un verdadero vestidor.
Tenía un rincón, un pasillo donde convivían vestidos, zapatos y cajas apiladas. Todo parecía a punto de desbordarse, sin embargo, para millones de mujeres ese espacio era inspirador; no por el lujo, sino porque cada prenda representaba una historia, un recuerdo, una conquista.
En 2004 llegó “El diario de la princesa 2”.
La reina Clarisse (Julie Andrews) le mostraba a Mia Thermopolis, su nieta, (Anne Hathaway) el vestidor del Palacio de Genovia, se manejaba a control remoto para encender luces y abrir sus puertas y cajones: vestidos de gala, trajes de día, zapatos perfectamente alineados, joyas, guantes y tiaras.
Era el vestidor de los cuentos de hadas, ese que muchas soñamos recorrer alguna vez.
Cuatro años después, en la película Sex and the City, Carrie entraba al vestidor que Mr. Big había diseñado especialmente para ella en su nuevo hogar.
Era el paso definitivo del sueño al lujo.
Allí quedaron inmortalizados aquellos inolvidables Manolo Blahnik azules que cualquier fanática de la serie reconoce al instante.
Más tarde llegaron las Kardashian.
Y el vestidor dejó de ser un espacio privado para convertirse en una escenografía. Carteras ordenadas por color, zapatos iluminados como si fueran obras de arte, vitrinas de vidrio y estanterías infinitas.
Ya no alcanzaba con tener un vestidor; había que mostrarlo.
Sin darnos cuenta, el vestidor empezó a hablar de éxito, de poder adquisitivo y de una vida aparentemente perfecta y ostentosa.
Pero hace algunos años descubrí que un vestidor podía servir para algo infinitamente más importante.
Leí el libro de Marie Kondo.
Como muchos, pensé que era un libro sobre cómo doblar remeras, me equivoqué.
Su propuesta era mucho más profunda.
Consistía en sacar absolutamente toda la ropa de la casa, toda, la del placard, la que estaba guardada en cajas, en valijas, en otro dormitorio o en un perchero. Toda junta, formando una enorme montaña.
Cuando hice ese ejercicio sentí un impacto difícil de explicar.
No podía creer la cantidad de ropa que había acumulado durante años.
Después vino la parte más difícil.
Tomar cada prenda con las manos y preguntarme qué me hacía sentir.
Algunas me transmitían alegría.
Otras me devolvían a momentos de mi vida que ya no quería volver a habitar.
Había ropa que conservaba por culpa.
Otra por nostalgia.
Otra simplemente porque algún día, tal vez, volvería a usarla.
Ese día nunca había llegado.
Descubrí que no estaba guardando ropa.
Estaba guardando etapas de mi vida que ya habían terminado.
Estaba guardando versiones de mí que ya no existían.
Cuando terminé el ejercicio me quedé apenas con un veinte por ciento de todo lo que tenía.
El resto ya no representaba a la mujer que soy hoy.
Vendí algunas prendas que todavía podían tener otra oportunidad.
Doné otras a la Casa del Teatro.
Y muchas más fueron a una fundación para que pudieran abrigar a alguien.
Entonces ocurrió algo que jamás imaginé.
No solamente quedó ordenado mi placard.
Se ordenó mi cabeza.
Porque el orden no es una obsesión estética.
Es una forma de recuperar claridad.
Cuando cada cosa encuentra su lugar, también nosotros empezamos a encontrar el nuestro.
Y comprendí algo más.
Cuando un placard se vacía, no sólo aparece espacio para una camisa nueva o un par de zapatos más.
También aparece espacio para nuevas ideas, nuevos proyectos, nuevas personas y una nueva versión de nosotros mismos.
Por eso hoy miro los vestidores de otra manera.
No me impresiona el tamaño.
No cuento cuántas carteras hay.
No me deslumbra una estantería llena de zapatos.
Me pregunto qué historia cuenta ese espacio.
Porque un vestidor puede guardar un vestido heredado de una madre, el traje con el que una mujer consiguió su primer trabajo, los zapatos que compró después de meses de ahorrar o la cartera que celebró un logro importante.
Pero también puede convertirse en el lugar donde alguien decide esconder aquello que no puede mostrar.
Y esa diferencia es enorme.
Las prendas están hechas para verse.
Lo que necesita esconderse casi nunca habla de libertad.
Por eso me resulta tan simbólico que un lugar creado para organizar la vida haya terminado, en algunos casos, ocupando espacio en la crónica policial.
No es el vestidor el que cambia.
Somos nosotros quienes decidimos qué guardar detrás de esa puerta.
Al final comprendí que el mejor vestidor no es el que guarda más cosas.
Es el que conserva sólo aquello que todavía tiene sentido.
Quizás el verdadero lujo silencioso no sea un vestidor lleno de prendas exclusivas.
Quizás sea abrir la puerta de tu casa, de tu placard y de tu vida con la tranquilidad de no tener nada que esconder.
Porque hay bienes que ningún dinero puede comprar: la paz, el equilibrio, la disciplina, el orden y la limpieza.
Y no hablo solamente de un placard impecable.
Hablo de una limpieza mucho más profunda: la del alma, la de la conciencia y la de una vida vivida con honestidad.
Porque, a veces, no necesitamos limpiar el placard.
Necesitamos limpiarnos por dentro.
Hasta la próxima.
La Señora del Lujo Silencioso.
Mucho antes de ocupar titulares policiales, los vestidores ya habían ocupado nuestra imaginación. Antes de esconder secretos, guardaban sueños. Pero quizá su verdadero valor no esté en lo que contienen, sino en lo que nos ayudan a dejar atrás.
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