Interés general
01/09/2026

MESSI: TODO LO QUE TARDAMOS EN ENTENDER

Hay personas a las que uno termina de comprender demasiado tarde.

Y creo que eso es exactamente lo que nos pasó a los argentinos con Lionel Messi.

Durante años tuvimos frente a nosotros a uno de los mejores jugadores de fútbol de todos los tiempos. Para muchos, el mejor. Un talento extraordinario que el mundo admiraba mientras, paradójicamente, una parte de su propio país se empeñaba en cuestionarlo.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz



Que no sentía la camiseta.

Que no cantaba el himno.

Que no transpiraba la camiseta.

Que no era como Maradona.

Y claro que no era como Maradona.

Nunca tuvo que serlo.


Ese fue, quizás, nuestro primer gran error: pedirle a Messi que reemplazara a alguien que era irreemplazable.

Yo soy de la generación de Maradona.

Crecí viendo cómo Diego se transformaba en un héroe nacional. Y, como muchos argentinos, me costó aceptar que un día ya no iba a jugar más.

Porque hay ídolos que se convierten en parte de nuestra identidad.

Maradona era eso.

Y después apareció Messi.

Pero Messi era otra persona.

Otro carácter.

Otra historia.

Otra manera de vivir.

Y durante mucho tiempo no supimos aceptar esa diferencia.

Pretendimos que gritara como Maradona.

Que liderara como Maradona.

Que hablara como Maradona.

Que viviera como Maradona.


Pero Messi nunca quiso ser Diego, Messi vino a hacer su propio camino.

Y qué camino!

Hay algo que a veces olvidamos cuando hablamos de él.

Lionel Messi fue un niño que tuvo que dejar su casa, su ciudad y su país para poder desarrollarse como futbolista.

Un chico que se fue de Rosario siendo muy pequeño para continuar un tratamiento y perseguir un sueño que en Argentina, por diferentes circunstancias, parecía no tener las mismas posibilidades de crecimiento.

Imagino lo que significa para un niño dejar atrás su mundo.

Sus amigos.

Su familia.

Su barrio.

Sus costumbres.

Irse al otro lado del mundo.

Y hacerlo, además, con una enorme presión sobre los hombros.

Messi creció.

Se formó.

Se convirtió en una estrella.

Después en un fenómeno.

Y finalmente en una leyenda.


Sin embargo, durante años, nada parecía alcanzar para nosotros.

Podía ganar campeonatos.

Podía romper récords.

Podía ser reconocido internacionalmente como el mejor.

Pero cuando se ponía la camiseta argentina, una parte del país parecía tener siempre algo para reclamarle.

Como si hubiera una deuda.

Como si tuviera que pedirnos permiso para ser diferente.

Y eso fue profundamente injusto.


Porque mientras discutíamos si Messi amaba o no a la Selección, había personas que lo conocían y sabían perfectamente cuánto sufría con cada derrota.

Entre ellas, periodistas que siguieron su carrera durante años, como Verónica Brunati y el recordado Jorge “Topo” López.

Ellos conocieron al joven Messi mucho antes de que se transformara en el símbolo mundial que conocemos hoy.

Y comprendieron algo que muchos argentinos tardamos demasiado tiempo en entender.

Messi no necesitaba gritar su amor por la Argentina.

Lo demostraba de otra manera.

Había quienes creían que, por no cantar el himno como esperaban, no sentía.

Había quienes interpretaban su silencio como indiferencia.

Había quienes confundían su personalidad tranquila con falta de liderazgo.

Pero no todos los líderes necesitan levantar la voz.

Algunos simplemente hacen.

Y Messi hizo.

Una y otra vez.

Incluso después de perder.

Incluso después de ser insultado.

Incluso cuando las críticas venían de su propio país.

Y hay que detenerse un momento en eso.

Porque no es menor.

El mejor jugador del mundo fue cuestionado durante años por una parte de su propia gente.

Y eso debería hacernos reflexionar.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocer a nuestros grandes mientras todavía están haciendo su camino?

¿Por qué necesitamos compararlos permanentemente con alguien que vino antes?

¿Por qué a veces somos tan generosos con el reconocimiento cuando alguien ya no está y tan crueles mientras está vivo?


Yo recuerdo el momento en que comprendí definitivamente que Messi no venía a reemplazar a Maradona.

Fue, en gran medida, cuando el propio Diego reconoció su talento y su dimensión.

Y entonces entendí algo muy simple.

Un ídolo no tiene que reemplazar a otro.

Cada uno tiene su tiempo.

Su historia.

Su personalidad.

Maradona fue Maradona.

Y Messi es Messi.

No necesitamos elegir.

No tenemos que destruir a uno para amar al otro.


Argentina tuvo la fortuna de tener a dos de los jugadores más extraordinarios de la historia del fútbol.

Dos hombres completamente diferentes.

Dos talentos incomparables.

Dos caminos.

Y, finalmente, Messi hizo lo que parecía imposible.

Ganó.

Ganó la Copa América.

Ganó la Finalissima.

Y el 18 de diciembre de 2022 levantó la Copa del Mundo.

Esa imagen quedará para siempre en nuestra memoria.

Pero quizás lo más extraordinario no fue solamente verlo levantar una copa.

Fue pensar en todo lo que había tenido que atravesar para llegar hasta allí.

Las derrotas.

Las finales perdidas.

Las críticas.

Los cuestionamientos.

Los insultos.

La presión.

Y, sin embargo, siguió.

No salió a ajustar cuentas.

No utilizó la victoria para humillar a quienes habían dudado de él.

No necesitó vengarse.

Jugó.

Ganó.

Y levantó la copa.

Quizás esa sea una de las mayores enseñanzas de Messi.



Dejar que los actos hablen.


Y en esta historia hay otra persona que merece ser mirada.


Antonela Roccuzzo.

Porque si hablamos de Lionel Messi como un ejemplo de vida, también deberíamos hablar de la mujer que eligió caminar a su lado.

Y digo eligió porque Antonela tenía y tiene todo para construir una figura pública completamente diferente.

Es una de las mujeres más conocidas del mundo.

Tiene millones de seguidores.

Es convocada por algunas de las marcas más importantes del universo del lujo y la moda.

Su presencia es requerida en eventos internacionales.

Tiene acceso a un mundo que para la mayoría de las personas resulta absolutamente inaccesible.


Podría convertir su vida en una exhibición permanente.

Podría mostrarnos cada viaje.

Cada joya.

Cada cartera.

Cada vestido.

Cada privilegio.

Podría construir un personaje alrededor de la ostentación.

Pero no lo hace.

Y eso, para mí, tiene un enorme valor.


Antonela representa una idea que parece cada vez más escasa en un mundo construido alrededor de la exposición.

Tener no obliga a mostrar.

Ser famoso no obliga a hacer escándalo.

Tener dinero no obliga a exhibirlo.

Y tener poder no obliga a recordarle permanentemente al mundo cuánto poder se tiene.

Antonela es una mujer pública.

Es millonaria.

Es reconocida en cualquier lugar del planeta.

Es elegida por las grandes casas de lujo.

Y, sin embargo, su imagen pública no parece construirse desde la necesidad de demostrarnos que pertenece a ese mundo.

Pertenece.

Y no necesita explicarlo.


Eso, para mí, es una de las formas más claras del lujo silencioso.

Tener acceso a todo y no sentir la necesidad de demostrarlo.

La verdadera seguridad no necesita ostentación.

La verdadera elegancia no necesita soberbia.

Y Antonela ha construido su propia identidad sin transformar permanentemente su vida privada en un espectáculo.


Ha estado presente en los momentos de gloria.

Pero también estuvo en los momentos más dolorosos.


Cuando Messi perdía.

Cuando era cuestionado.

Cuando una parte de Argentina dudaba de él.

Estuvo.

Acompañando.

Formando una familia.

Criando a sus hijos.

Construyendo una vida.

Sin intentar ocupar el centro de la escena.


Y quizás esa palabra sea la que mejor define su papel: acompañar.

En una época en la que parece que todo el mundo necesita ser protagonista, Antonela entendió que acompañar no significa desaparecer.

Significa estar.


Y hay algo profundamente interesante en la familia que construyeron.

Porque Messi tampoco necesitó decir que era el mejor.


Lo demostró.

Antonela tampoco necesita decirnos cuál es su posición en el mundo.

La tiene.

Y tampoco necesita explicarla.


Tal vez por eso la historia de ambos tiene algo que debería hacernos reflexionar.

Éxito sin soberbia.

Dinero sin ostentación.

Fama sin necesidad permanente de escándalo.

Poder sin necesidad de humillar.

Una vida privada protegida en la medida de lo posible.

Una familia que, con todos los privilegios que puede tener, no parece necesitar convertir cada aspecto de su existencia en una competencia pública.

Y quizás sea precisamente eso lo que más nos cuesta comprender.


Estamos acostumbrados a asociar el éxito con el ruido.

Con la exposición.

Con la necesidad de demostrar.


Pero Messi hizo exactamente lo contrario.

Se dedicó a jugar al fútbol.

A entrenar.

A mejorar.

A superarse.

A volver a intentarlo.

Y eso lo llevó hasta donde está.

Por eso, creo que a Messi ya no hay que pedirle nada.

Hay que agradecerle.

Gracias por el fútbol, por supuesto.

Gracias por las alegrías.

Gracias por la Copa del Mundo.

Pero, sobre todo, gracias por el ejemplo.


Porque quizás Lionel Messi nos esté dejando algo mucho más importante que un título.

Nos está dejando una manera de caminar por la vida.

Una manera de enfrentar las derrotas.

De trabajar en silencio.

De cuidar a los afectos.

De no responder a cada agresión.

De seguir adelante incluso cuando las cosas no salen.

Messi nunca necesitó darnos un discurso sobre valores.

Los mostró.

Con sus actos.


Y quizás los argentinos deberíamos mirarlo un poco más allá de la pelota.

Mirar al hombre.

Al niño que tuvo que irse para poder cumplir su sueño.

Al deportista que fue cuestionado cuando más necesitaba apoyo.

Al hombre que siguió intentando.

Al padre.

Al marido.

Al líder que no necesitó levantar la voz para conducir a un equipo.


Y preguntarnos qué podemos aprender de todo eso.

Porque quizás, si aprendiéramos un poco de la manera en que Messi camina por la vida, podríamos cambiar algunas cosas.


Quizás podríamos aprender a respetar antes de destruir.

A acompañar antes de juzgar.

A valorar a las personas antes de que sea demasiado tarde.

A dejar de exigirles que sean una copia de quienes vinieron antes.

Messi no fue Maradona.

Y gracias a Dios que no lo fue.


Porque no necesitábamos otro Maradona.

Necesitábamos a Messi.


Y lo tuvimos frente a nosotros durante años sin terminar de comprenderlo.

Hasta que un día levantó la copa.

Y entonces Argentina lloró.

Pero quizás, en realidad, también lloramos por nosotros.

Porque finalmente habíamos entendido.

Tarde!

Pero habíamos entendido.


A Lionel Messi solo queda decirle GRACIAS.

Y quizás deberíamos hacer algo más.

Mirarlo.

No solamente como al mejor jugador del mundo.

Mirarlo como un ejemplo.

Porque si como sociedad aprendiéramos algo de su constancia, de su respeto, de su manera de cuidar a los suyos, de su capacidad para levantarse después de cada caída y de su forma de alcanzar la cima sin necesidad de pisar a nadie, quizás podríamos aspirar a algo mucho más grande.


Quizás algún día podríamos levantar nuestra propia copa.

La de convertirnos, finalmente, en un país mejor.

Gracias, Messi.

Por todo.

Pero, sobre todo, por enseñarnos tanto sin necesidad de decir demasiado.

Hasta la próxima!

La Señora del Lujo Silencioso

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