Después de recorrer México junto a mis amigos Toño y Fran, de conocer a sus familias, descubrir paisajes, sabores y lugares inolvidables, y contar algunas historias de Los Guardianes del Patrimonio Mexicano, llegó el momento de regresar.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Algunas experiencias no terminan cuando hacemos la valija: se quedan para siempre con nosotros.
Y hay otros que, aunque uno vuelva a casa, continúan durante mucho tiempo en la memoria y en el corazón.
México fue, para mí, uno de esos viajes.
Después de recorrer parte de este país maravilloso de la mano de mis queridos amigos Toño y Fran, llegó el momento de cerrar este capítulo mexicano.
Aunque, pensándolo bien, no quiero llamarlo un cierre.
Prefiero pensar que es un punto aparte, una pausa.
Porque México es demasiado inmenso, diverso y profundo como para creer que uno puede conocerlo en un solo viaje.
Durante estas semanas tuve el privilegio de contar algunas de las historias que reuní bajo el nombre de “Los Guardianes del Patrimonio Mexicano”.
Artesanos, creadores, cocineros y familias que conservan, con sus manos, técnicas, saberes y tradiciones que forman parte de la identidad profunda de este país.
Pero quedaron muchas historias pendientes.
Muchísimos Guardianes por conocer.
Y espero, sinceramente, volver para seguir buscándolos.
El afecto de un país
Si tuviera que elegir una palabra para definir este viaje, además de los colores, los sabores y los paisajes, elegiría una que quizás no aparezca en ninguna guía turística: afecto.
La hospitalidad mexicana tiene algo muy especial.
Es cálida.
Espontánea.
Generosa.
La encontré en todos lados.
Desde las mujeres que limpiaban el departamento donde me hospedaba hasta la última vendedora con la que me crucé durante alguno de mis recorridos.
Siempre había una sonrisa.
Una recomendación.
Una conversación.
Un gesto.
México tiene esa capacidad maravillosa de hacerte sentir bienvenida.
Pero, además, tuve la suerte de recorrerlo acompañada por Toño y Fran.
Ellos no solamente me llevaron a conocer lugares.
Me regalaron su México.
Me abrieron las puertas de su mundo, de sus afectos y de su familia.
Y eso cambia completamente la experiencia de cualquier viaje.
El camino también forma parte de la historia
Camino a Taxco hicimos una parada en Los Colorines.
Y, una vez más, comprendí que en México muchas veces lo inesperado aparece durante el camino.
Hay lugares que no necesitan grandes explicaciones, basta con llegar, sentarse, mirar alrededor y dejarse llevar.
Después llegó Taxco.
Sus calles.
Su plata.
Su historia.
Y las personas que mantienen vivo un oficio que forma parte del patrimonio mexicano.
Allí también encontré algunas de las historias que se transformaron en parte de Los Guardianes del Patrimonio Mexicano.
Porque detrás de cada pieza hecha a mano hay una historia.
Y México está lleno de ellas.
Tepoztlán: cuando la belleza hace llorar
Si hay un lugar que me atravesó emocionalmente fue Tepoztlán.
No sé si fue su energía.
Sus montañas.
Su historia.
O la presencia imponente del Tepozteco.
Probablemente haya sido todo junto.
En El Ciruelo viví uno de esos momentos que uno guarda para siempre.
Desde mi lugar en la mesa tenía una vista directa hacia el Templo del Tepozteco.
Cuando descubrí aquella imagen, las lágrimas saltaron de mis ojos.
No pude evitarlo.
Había algo en esa montaña, en aquel templo y en esa inmensidad que me resultó profundamente conmovedor, volví luego de 20 años…
Fue uno de esos momentos en los que la belleza nos supera.
Hay paisajes que se fotografían.
Y hay otros que se quedan para siempre en el corazón.
Para mí, este fue uno de ellos.
La Cantera y las historias que guardan las paredes
Otro de los lugares que conocí durante este viaje fue La Cantera, en Teziutlán.
Y no fue simplemente sentarme a comer.
Me interesan esos lugares que tienen una historia detrás, donde la arquitectura y la memoria también forman parte de la experiencia.
Porque viajar también significa descubrir que detrás de una mesa puede existir una ciudad entera esperando ser contada.
Y México tiene esa particularidad: en cada rincón parece haber una historia.
Los pequeños placeres de cada mañana
Las mañanas en México también tuvieron sus propios sabores.
Lima Limón fue uno de esos lugares donde el desayuno se convierte en un pequeño ritual.
Frutas maravillosas, colores y productos frescos para comenzar el día.
Peltre fue otro de mis grandes descubrimientos.
Desayunos deliciosos.
Y unos jugos verdes que todavía recuerdo.
Pequeños placeres que también forman parte de un viaje.
Porque no todo lo inolvidable necesita ser monumental.
A veces, la felicidad está simplemente en una buena mesa, una charla y un desayuno compartido, un buen café.
La Roma y sus secretos
La colonia Roma merece un capítulo propio.
Es un barrio para caminar.
Para mirar.
Para descubrir.
Allí disfrutamos de Gardela y de uno de esos momentos gastronómicos que quedan asociados para siempre a las personas con quienes los compartiste.
Pero yo me voy a quedar, además, con aquel maravilloso elixir que disfrutamos entre amigos.
Porque muchas veces un lugar se vuelve inolvidable no solamente por lo que uno come.
También por la conversación.
Por las risas.
Por las personas que se sientan a nuestra mesa.
También conocí Broka.
Y fue otra de esas sorpresas que esconde la Roma.
Un espacio para descubrir, compartir y disfrutar sin apuro.
En todos los lugares que visité hubo algo que se repitió permanentemente: la atención.
Siempre amable.
Siempre cercana.
Y siempre acompañada por una gastronomía que convirtió cada encuentro en una experiencia.
Mis caminatas junto al Ángel
Y si tengo que elegir una imagen de la Ciudad de México que se quedó definitivamente conmigo, esa es la del Ángel de la Independencia.
Probablemente sea mi escultura preferida de todo el viaje.
Durante mi estadía, caminar por el Paseo de la Reforma se convirtió en uno de mis pequeños rituales.
Durante casi una hora recorría esa avenida maravillosa, disfrutando de su arquitectura, de sus árboles, de su ritmo y de las pequeñas calles que se abren a sus costados, invitándote a descubrir una ciudad diferente en cada recorrido.
Y, de pronto, allí estaba él.
El Ángel.
Majestuoso, elevándose sobre la ciudad y convertido en uno de los grandes símbolos de México.
Hay monumentos que uno visita.
Y hay otros que terminan formando parte de la vida cotidiana.
Para mí, el Ángel de la Independencia fue eso: un punto de encuentro durante mis caminatas, una presencia familiar y una de esas imágenes que, estoy segura, volverán a aparecer en mi memoria cada vez que piense en México.
Una terraza frente a la historia
Hay ciudades que se conocen caminando.
Y otras que también se descubren desde las alturas.
Cha Cha Chá es uno de esos lugares que permiten mirar a la Ciudad de México desde otra perspectiva.
Su terraza tiene frente a sí una de las construcciones más imponentes de la ciudad: el Monumento a la Revolución.
Y allí está su enorme arco.
Majestuoso.
Imposible de ignorar.
Hay lugares donde la arquitectura se convierte en parte de la mesa.
Y, para mí, Cha Cha Chá es uno de ellos.
Una terraza.
La ciudad.
El monumento frente a nuestros ojos.
Y la sensación de estar viviendo México desde otra perspectiva.
Saks San Ángel y el placer de detenerse
San Ángel es uno de esos barrios que invitan a bajar el ritmo.
A caminar.
A mirar.
Y a disfrutar.
Saks San Ángel fue otra de mis experiencias gastronómicas inolvidables.
Las exquisiteces.
La atención.
La calidad de los productos.
Todo fue maravilloso.
Pero, además, está el entorno.
Porque comer en San Ángel es también disfrutar de uno de los rincones con mayor personalidad e historia de la Ciudad de México.
Hay lugares que nos recuerdan algo fundamental: sentarse a una mesa también puede ser una manera de detener el tiempo.
Teotihuacán y una experiencia bajo tierra
Pero si tuviera que elegir una de las experiencias más sorprendentes de todo el viaje, sin dudas sería La Gruta.
Mis amigos Toño y Fran decidieron sorprenderme.
Y lo lograron.
Después de recorrer Teotihuacán, descendimos hacia una enorme cueva.
Sí.
Un restaurante bajo tierra.
Una experiencia que parece sacada de una película de Disney.
La historia del lugar es casi tan fascinante como el espacio.
La cueva fue escenario de banquetes desde comienzos del siglo XX, durante los trabajos arqueológicos de Teotihuacán, y posteriormente se convirtió en uno de los restaurantes más singulares de México.
Pero conocer la historia no alcanza para explicar lo que se siente al estar allí.
La piedra.
La profundidad.
La luz.
La inmensidad.
Todo genera una atmósfera completamente diferente.
Y luego está el ritual de la vela.
Un momento íntimo, simbólico y profundamente especial.
Aunque, tengo que ser sincera, hubo otro protagonista de aquella experiencia.
Un margarita frozen que probé por primera vez y nunca olvidaré.
Don José: viajar en el tiempo
Otro de los lugares que disfruté fue Don José.
Y allí tuve una sensación muy particular: la de haber viajado a un campo de principios del siglo pasado.
Naturaleza.
Patos.
Pavos reales.
Y esa atmósfera que te invita a olvidarte del reloj.
Un lugar ideal para sentarse sin apuro, disfrutar de una cocina exquisita y acompañarla con una gran carta de vinos.
Para mí, uno de los grandes lujos de viajar es encontrar lugares que no necesitan imponerse.
Simplemente te invitan a quedarte.
Comer mirando el Zócalo
El Gran Hotel Ciudad de México me regaló una de las vistas más impresionantes del viaje.
Desde allí, el Zócalo se despliega frente a tus ojos.
La Plaza de la Constitución.
El corazón de la ciudad.
Pero el hotel es, además, una experiencia en sí misma.
Su arquitectura histórica y su espectacular vitral Art Nouveau convierten al edificio en una verdadera joya del Centro Histórico.
Y luego llegó la comida.
Los Cosmopolitan, sencillamente memorables.
Pero tengo que hacer una mención especial.
Una ensalada Caesar preparada frente a nosotros, en nuestra propia mesa.
Nunca había comido una ensalada Caesar tan, pero tan rica.
Quizás fue la receta.
Quizás fue el entorno.
O quizás, como sucede tantas veces durante un viaje, fue la suma de todo…
Un sábado entre flores, música y alegría
Y entonces llegó uno de esos días diseñados para quedar guardados en la memoria.
Un sábado, fui a conocer una de las experiencias más emblemáticas de México: las trajineras de Xochimilco.
Pero la emoción comenzó antes de subir.
Mi trajinera me esperaba con un cartel de bienvenida rodeado de flores.
Un detalle que me emocionó profundamente.
Porque ese día no solamente iba a conocer Xochimilco.
También iba a conocer a la familia de mi querido amigo Toño.
Y me recibieron con tanto afecto que, por momentos, sentí que nos conocíamos desde toda la vida.
Ese día fue México en estado puro.
Color, sol, flores, música, alegría.
Y las trajineras navegando por los canales.
Nos reímos.
Brindamos.
Escuchamos música.
Disfrutamos.
Y simplemente nos dejamos llevar por ese momento.
Durante el recorrido también hicimos una parada inesperada en un serpentario.
Allí sostuve un camaleón.
Y conocí a uno de los animalitos más fascinantes y emblemáticos de México: el ajolote.
Pero, más allá de los animales y del recorrido, me quedo con la imagen de aquel día.
Una trajinera.
Flores.
Música.
El sol.
Y una familia que me abrió sus brazos como si me conociera desde siempre.
Quizás viajar sea justamente eso.
Llegar a un lugar desconocido y descubrir, de pronto, que alguien puede hacerte sentir en casa.
Frida y las lágrimas
Y sí.
Por supuesto que fui a la Casa Azul.
A la casa de Frida Kahlo.
Y lloré.
Hay lugares que uno conoce previamente a través de libros, fotografías y películas.
Creemos saber qué vamos a sentir cuando lleguemos.
Pero entrar en el universo de Frida me atravesó de una manera inesperada.
Pensar en su dolor.
En sus pérdidas.
En su vida.
Y, al mismo tiempo, en esa fortaleza emocional absolutamente extraordinaria.
Frida convirtió el dolor en arte.
Y quizás por eso su presencia sigue siendo tan poderosa.
La Casa Azul no es solamente un museo.
Es entrar, de alguna manera, en el universo íntimo de una mujer que hizo de su propia historia una obra.
Y salir de allí sin emocionarse, al menos para mí, habría sido imposible.
Los museos y el tiempo que nunca alcanza
México también se recorre a través de sus museos.
El Museo Nacional de Antropología es una de esas visitas para las que necesitás tiempo.
Mucho tiempo.
No es un museo para recorrer apresuradamente.
Cada sala.
Cada pieza.
Cada civilización.
Todo merece detenerse, observar y comprender.
Necesitás días.
Literalmente días.
También recorrí espacios dedicados al arte contemporáneo y volví a sorprenderme con la potencia artística de México.
Y, como amante de la moda, la costura, los bordados y los oficios, también encontré un universo fascinante para descubrir.
Porque la indumentaria cuenta historias.
Habla de una época.
De sus materiales.
De las manos que trabajaron sobre ellos.
De técnicas que lograron sobrevivir al paso del tiempo.
Para quienes amamos la historia de la moda, la costura, los bordados y el trabajo artesanal, México es un universo que merece ser explorado sin prisa.
Y, por supuesto, el chocolate
No podía cerrar este capítulo sin hablar del cacao.
Porque no se puede hablar de México sin hablar de uno de los ingredientes más importantes de su historia y de su cultura.
Y tampoco podía dejar de mencionar a Chocolatería 52.
Allí, el chocolate es mucho más que un producto.
Es historia.
Es cultura.
Es identidad.
También es una oportunidad para descubrir las bebidas ancestrales elaboradas a base de cacao y comprender la profunda relación que este ingrediente tiene con las civilizaciones que habitaron estas tierras.
La calidad de sus productos es indiscutible.
Pero, para mí, lo más interesante es la posibilidad de acercarse al cacao entendiendo que detrás de una taza o de una pieza de chocolate hay siglos de historia.
Hasta pronto, México
Podría seguir.
Podría hablar de cada comida.
De cada paisaje.
De cada conversación.
De cada persona que apareció en el camino.
Porque este viaje no fue simplemente una sucesión de lugares.
Fue una experiencia profundamente afectiva.
Estuve rodeada de amigos que hicieron que cada recorrido tuviera un significado especial.
Comí rico.
Descubrí lugares maravillosos.
Conocí historias que espero seguir contando.
Lloré frente a Frida.
Lloré mirando el Tepozteco.
Me sorprendí bajo tierra, en una gruta de Teotihuacán.
Navegué entre flores y música por Xochimilco.
Conocí a la familia de Toño.
Y encontré, una y otra vez, la generosidad de un pueblo que sabe recibir.
México me regaló historias.
Sabores.
Paisajes.
Amigos.
Pero, sobre todo, me regaló afecto.
Y quizás esa sea la palabra que mejor resume este viaje.
Afecto.
Por ahora, este es el final de mi capítulo mexicano.
Pero no es una despedida.
Todavía quedan muchos pueblos.
Muchas mesas.
Muchos museos.
Muchas historias.
Y, sobre todo, muchos Guardianes del Patrimonio Mexicano esperando que alguien escuche y cuente sus historias.
Espero volver.
Porque México no se termina cuando uno se va.
México se queda con vos.
Y yo sé que una parte de mí se quedó allí.
Hasta pronto, México.
Hasta la próxima!
La señora del Lujo Silencioso
Después de recorrer México junto a mis amigos Toño y Fran, de conocer a sus familias, descubrir paisajes, sabores y lugares inolvidables, y contar algunas historias de Los Guardianes del Patrimonio Mexicano, llegó el momento de regresar.
¿QUIEN DEBE GANAR EL MARTIN FIERRO DE ORO?
José Antonio Díaz, el arquitecto que descubrió el cacao y se convirtió en guardián de una historia mexicana. De niño no le gustaba el chocolate. Hoy investiga el cacao criollo, recupera antiguas bebidas mexicanas, diseña los espacios de Chocolatería 52 y transforma el chocolate en una experiencia donde conviven arquitectura, arte, gastronomía y memoria.
En Taxco, una fotografía de 1934 me llevó hasta Alfonso Gómez, aprendiz de William Spratling y abuelo de Hugo Leyva. Una historia de oficio, familia y transmisión de un saber que, casi un siglo después continúa vivo.