Interés general
25/09/2026

PROCESO: CUANDO TEJER TAMBIÉN ES ENCONTRARSE

Verónica Melcer, nació el 1 de marzo en capital federal, hija mayor de tres hermanos, mamá de Franco y Martina y tía de dos futuras tejedoras, Vera de 9 años y Jazmín de 5. Nieta de inmigrantes polacos que escaparon de la guerra. Es coordinadora en Argentina de “PROCESO y CRECER”, habla sobre comunidad, memoria y vínculos.

Una conversación sobre el poder de hacer con las manos y encontrarse con otros.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

Vero Melcer, Crochet & Bordado.

Comunidad textil que abraza, encontró en el tejido y el bordado mucho más que una técnica.

En Las Madroñas, su espacio de enseñanza, quienes llegan para aprender un amigurumi o hacer un fotobordado suelen descubrir algo más: un refugio y una comunidad.


También coordina en Argentina PROCESO y CRECER.


CRECER invita a las infancias a tejer cadenetas azules que luego se unen para formar una gran cascada: una forma de mostrar cómo un pequeño aporte puede transformarse en algo enorme cuando se conecta con otros.


PROCESO nació en España y fue creado por Juan Ferrete, un ingeniero que enseña informática a adolescentes e incorporó el crochet al aula.

Vero lo conoció al invitarlo a su ciclo El Hilo Común.

En ese vínculo, Juan le contó su idea de reunir 1.000 piezas de crochet inacabadas para darles una nueva vida en una obra colectiva, poniendo el foco en el proceso y no solo en el resultado.

Después le preguntó: “¿Te animás a hacerlo en Argentina?”.

Vero aceptó mientras atravesaba su propio proceso, tras la desvinculación de su socia, con quien había trabajado ocho años y compartido 17 de amistad.


“Le dije que sí... ¿Qué podía pasar?... Y pasó PROCESO”.


En Argentina llegaron 2.832 piezas, más de 200 cartas y 63 puntos de recepción en todo el país.

Y de eso hablamos con Vero.


Vero, detrás de PROCESO hay una idea que me interesa especialmente: las personas se encuentran alrededor de una actividad y terminan formando comunidad.

¿Qué descubriste vos sobre el poder que tiene reunir a las personas para hacer algo juntas?


Lo que más me impactó, tanto en mi experiencia diaria como profe y ahora con PROCESO, es confirmar que el arte textil funciona como un puente invisible, pero sumamente resistente.

Cuando nos reunimos a bordar o tejer, o cuando unimos obras y miradas de distintos lugares, como hicimos con Juan, no solo estamos compartiendo una técnica o montando una muestra; estamos entrelazando historias.

Lo que descubrí, o reconfirmé, es que hacer algo juntos nos iguala.

Empezás compartiendo un material o pidiendo ayuda con un punto y, al rato, estás compartiendo lo que te pasa en la vida.

En PROCESO vi cómo personas que no se conocían terminaban conectando desde un lugar súper genuino, emocionándose al ver sus piezas junto a las de otros.

El verdadero poder de juntarnos a hacer es ese: crear un refugio, darnos cuenta de que estamos todos atravesando procesos y que, cuando lo hacemos acompañados, todo se vuelve mucho más fácil y hermoso.

Pasaron cosas muy mágicas...

Daniela me dio la pieza de su mamá, con emoción, porque ya no está.

Un pedacito de un telar blanco.

Cuando vino a PROCESO, la buscó y la encontró, y resultó que alguna tejedora, en algún momento, la intervino con un corazón rojo.

No se conocen y, sin embargo, quedaron unidas para siempre.


En México conocí a Teresa Lino Bello, una mujer que desde hace décadas trabaja con otras mujeres de su comunidad y que convirtió ese encuentro en una manera de acompañarse, aprender y preservar una identidad.

¿Sentís que en tu trabajo también hay algo de eso: que el taller termina siendo mucho más que aprender una actividad?


La historia de Teresa es absolutamente hermosa.

Claro que los contextos son súper distintos: ella es una guardiana que está preservando la identidad y la memoria ancestral del pueblo nahua, pero la esencia de lo que pasa cuando nos sentamos juntas a trabajar con las manos es exactamente la misma.

Teresa dice algo clave: que su trabajo es un ritual, que no se puede hacer con prisa, que requiere buena energía y que se hace trabajando en grupo.

¡Y es así!

En Las Madroñas las personas llegan pensando que vienen a aprender a tejer un amigurumi o a hacer un fotobordado, pero al ratito te das cuenta de que el taller es otra cosa.

Es un refugio.


Es frenar un poco la locura del día a día, sentarnos, mirarnos a los ojos y acompañarnos.

Aun siendo en las clases online, preservamos el ambiente cercano, conversamos, nos acompañamos. Y la clase grabada queda absolutamente fiel para que quienes no se pudieron conectar vivan el momento.

Me encantó esa frase del final de la nota que dice que “hay quienes fabrican prendas y hay quienes fabrican memoria”.

Cuando nosotras bordamos o tejemos juntas, o cuando armamos proyectos colectivos como CRECER, no estamos simplemente haciendo objetos; estamos compartiendo la vida, pasándonos saberes y tejiendo nuestra propia red de contención.

La técnica es solo la excusa para mantener viva una forma mucho más paciente, humana y amorosa de habitar el mundo.


¿Qué pasa con las personas que llegan al taller quizás buscando aprender a tejer, bordar o simplemente hacer algo con las manos, y terminan encontrando un grupo, vínculos y un lugar al que sienten que pertenecen?


Es mágico cuando pasa eso, y te juro que pasa muchísimo, incluso con la virtualidad de por medio.

La gran mayoría llega a mis clases online buscando un escape.

Quizás tuvieron una semana pesada y se dicen: “Bueno, voy a conectarme a aprender una nueva puntada o retomar un proyecto pendiente para despejar la cabeza y salir un poco de la rutina”.

Pero una vez que arrancamos, agarran la aguja y empezamos a trabajar a la par, traspasamos la pantalla y la magia empieza a suceder.

Al principio, en el chat o abriendo los micrófonos, se habla de qué hilado usar, cómo resolver un nudo o dónde pinchar, y de golpe, casi sin darse cuenta, se están contando la vida.

Se escuchan, se aconsejan, se festejan las cosas lindas y se sostienen en los días más grises.

Lo más loco y hermoso de todo esto es que esa calidez no se pierde ni siquiera en diferido.

Como las clases quedan grabadas y yo se las envío, esos videos conservan absolutamente toda la fidelidad y la energía de ese momento que compartimos.

Es como si pudieran revivir ese refugio y ese abrazo grupal en cualquier momento de la semana, a su propio ritmo.

Vienen por la técnica, pero se quedan por esa sensación de pertenencia.

Ser testigo de cómo se “tejen” esos vínculos, que terminan siendo mucho más fuertes que cualquier hilo y que trascienden las distancias geográficas, es de los regalos más lindos que me da enseñar.

Un caso muy conmovedor es el de una alumna que daba señales de estar siendo maltratada y fue cobijada por otra alumna.

Sin conocerse.

Provincias distintas.


Lo hablaron durante un tiempo y, de repente, un día ambas estaban juntas en el mismo lugar y lo compartieron en el grupo.

Hoy formaron equipo y tienen un pequeño emprendimiento.


PROCESO reúne personas, historias y trabajos que estaban separados y los convierte en algo colectivo.

¿Hay alguna historia de alguien que haya participado o acercado una pieza que te haya hecho entender que esto tenía una dimensión mucho más profunda de la que imaginabas?


Como mamá, hay cosas que inevitablemente te atraviesan el cuerpo de otra manera.

Cuando empezaron a llegar las piezas, hubo historias que me hicieron un nudo en la garganta y me demostraron que estábamos ante algo inmenso.

Me impactaron muchísimo las historias relacionadas con la maternidad y la pérdida.

Hubo trabajos tejidos con un amor infinito para bebés que no llegaron a nacer, piezas que son puro abrazo y contención.

Pero hubo un caso particular que me partió el corazón: nos contactó una mamá que quería mandar un suéter y me dice que la prenda no cumplía con las medidas que habíamos puesto en las bases de la convocatoria.

Algo me hizo preguntarle... ¿qué es?

“Es la espalda del sweater que le estaba tejiendo a mi hijo hace 10 años, y lo mataron.

Se cumplen 10 años y cuando vi PROCESO sentí que finalmente estaba lista para soltar y terminar el duelo”.

Automáticamente me di cuenta de que uno puede poner pautas, pero la vida misma te va acomodando.

Obviamente, las bases dejaron de importar al instante; esa mamá necesitaba terminar de sanar, y PROCESO estaba ahí para recibir esa pieza y abrazarla.

Por otro lado, también vi el peso de la memoria familiar.

Recibimos piezas hermosísimas de más de cien años, hechas por abuelas y bisabuelas, que sus nietas decidieron compartir.

Cuando alguien es capaz de soltar un tesoro familiar tan íntimo o el recuerdo de un hijo para sumarlo a una obra colectiva, ahí es cuando te cae la ficha.

Entendés que PROCESO dejó de ser una exposición textil hace rato para convertirse en un espacio de sanación comunitaria.


Si tuvieras que explicar qué puede aportar una comunidad como la que estás construyendo, especialmente en un momento en que muchas personas se sienten tan desconectadas,

¿qué dirías que reciben quienes forman parte de ella?


Vivimos en un momento rarísimo: estamos todo el día hiperconectados, pero muchas veces terminamos sintiéndonos súper solos.


Lo que siento que aporta una comunidad como esta, ya sea en mis clases online o en proyectos colectivos como PROCESO y CRECER, es, antes que nada, un ancla.

Un lugar donde frenar.

Quienes se suman reciben tiempo y presencia.

En un mundo donde todo es para ayer y bastante descartable, sentarte a bordar o a tejer te obliga a ir despacio.

Reciben un refugio donde no hay que cumplir expectativas ajenas y tienen la certeza de que sus propios procesos —los de la aguja y los de la vida— son válidos, escuchados y acompañados.

Pienso mucho en lo que estamos armando con CRECER, invitando a las infancias a tejer cadenetas azules para formar una cascada inmensa.

Lo que aprenden ahí es que su pedacito de hilo, por más chiquito que parezca, cuando se engancha con el de los demás forma algo gigante, algo que fluye.

Y a los adultos nos pasa exactamente lo mismo.

En definitiva, lo que reciben es pertenencia.

La tranquilidad de saber que, aunque estemos cada uno en el living de su casa frente a una pantalla o del otro lado del océano, estamos todos agarrados del mismo hilo, sosteniéndonos.


Cuando conocí en México a Teresa Lino Bello, me encontré con una idea que volvió a aparecer en esta historia: el valor de las manos, del tiempo y de aquello que se transmite cuando hacemos algo juntas.

La historia de Vero es distinta, pero comparte esa misma dimensión humana.

Ella no heredó un linaje de tejedoras.

Empezó de grande, junto a una amiga.

Dejó de tejer cuando ella murió y, años después, volvió a encontrar en los hilos una manera de reunirse con otros.

Quizás allí esté una de las formas más genuinas del lujo silencioso: aquello que no necesita exhibirse para tener valor.

Una pieza puede guardar horas de trabajo, una memoria, una pérdida, una conversación.

Puede quedar inconclusa y, aun así, tener una historia esperando otra oportunidad.

PROCESO nos recuerda que no todo tiene que estar terminado para ser valioso.

Que el tiempo también es patrimonio.

Y que cuando una mano se suma a otra, el resultado puede ser mucho más grande que la pieza original.

En tiempos de velocidad, consumo y descarte, detenerse, hacer con las manos y compartir el proceso se vuelve una forma de recuperar algo esencial: el tiempo propio.


Porque, a veces, el verdadero lujo no es tener más.

Es tener tiempo para hacer, recordar y encontrarse.


Hasta la próxima


La Señora del Lujo Silencioso

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