Después de construir una de las marcas de marroquinería más reconocidas del país, Claudia Epszteyn entendió que, para seguir defendiendo el oficio, la calidad y el diseño sin concesiones, debía empezar de nuevo. Hoy Sentéz apuesta por Brasil, mientras Argentina pierde otra historia nacida del trabajo artesanal.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
Cuando el lujo silencioso encontró futuro fuera de Argentina, dejó también una pregunta abierta.
Una fábrica menos, un local menos y una red de artesanos que no siempre encuentra dónde continuar su oficio.
La otra cara de la industria aparece ahí: cuando crecer, en algunos casos, implica irse.
No es una historia de éxito lineal, es una historia de condiciones.
De contextos que habilitan, o limitan, la posibilidad de sostener calidad en el tiempo.
En ese desplazamiento, una marca argentina terminó consolidándose en otro país. Y con eso, abrió un debate incómodo sobre lo que el sistema local retiene y lo que expulsa.
Ahí aparece Claudia Epszteyn.
Tu historia empieza mucho antes de Sentèz.
¿Cómo fue crecer en una familia dedicada a la marroquinería y qué aprendiste de tu papá que todavía aplicás hoy?
Mi historia empezó mucho antes de Sentéz, empezó en el taller de mi papá.
Mi infancia quedó impregnada de olor a cuero.
Antes de aprender a diseñar, aprendí a fabricar.
Pasaba horas observando a ese hombre capaz de detener el tiempo por un detalle que casi nadie iba a notar.
Mi papá era un artesano extraordinario, trabajaba completamente solo y fabricaba apenas ochenta unidades por mes.
Más que bolsos eran sin duda obras de arte.
Cada pieza pasaba por sus manos una y otra vez hasta alcanzar la perfección que imaginaba.
Esos bolsos llegaron a las mujeres más elegantes de la Argentina, aunque muy pocos conocían el nombre de quien realmente los hacía.
Él nunca buscó reconocimiento, su recompensa era el trabajo bien hecho.
Entrar a ese taller tampoco fue sencillo, mi papá me echaba todos los días.
Temía que mi entusiasmo juvenil por innovar, afectara un oficio que le había llevado décadas construir.
Hasta que un día hicimos un pacto: Yo no iba a alterar el statu quo del taller, no iba a proponer cambios ni a cuestionar nada hasta aprender el oficio desde cero, después, si todavía tenía algo para decir, llegaría el momento de hacerlo.
Con los años entendí que esa fue la enseñanza más importante de mi vida.
Mi primera escuela de diseño no fue académica, fue el banco de trabajo de un artesano, donde aprendí que la creatividad solo tiene valor cuando está sostenida por el oficio y que la innovación no consiste en romper con lo que existe, sino en conocerlo profundamente y recién desde ahí, llevarlo un paso más allá.
Hoy, cada vez que diseño una colección para Sentéz, siento que, de alguna manera, sigo perteneciendo a aquel taller.
Antes de Sentèz estuvo Carla Danelli. ¿Cómo nació esa primera marca, qué representó para vos y qué enseñanzas te dejó esa etapa como emprendedora?
Carla Danelli nació de una convicción muy simple: si había aprendido un oficio desde chica, también podía transformarlo en una empresa.
Sabía fabricar un bolso, pero todavía no sabía construir una marca, y esa fue mi verdadera escuela.
Fueron años de muchísimo aprendizaje, descubrí que detrás de cada producto hay cientos de decisiones invisibles: diseño, producción, equipos, proveedores, clientes y el enorme desafío de crecer sin resignar calidad.
Con el tiempo, aquella pequeña empresa llegó a producir miles de artículos de cuero por mes y a exportar a distintos mercados.
Fue una etapa de enorme crecimiento, tanto profesional como personal.
En 2006 decidí vender la compañía para comenzar una nueva etapa. Mi historia con Carla Danelli terminó en ese momento y, desde entonces, la marca siguió un camino completamente independiente del mío.
Mirando hacia atrás, entiendo que su mayor legado no fue el crecimiento que alcanzó, sino todo lo que me enseñó. Aprendí que un buen producto no alcanza para construir una gran marca. Hace falta una identidad, una visión y la decisión de sostenerlas en el tiempo.
Sentéz nació muchos años después, apoyada en toda esa experiencia.
Si Carla Danelli me enseñó a construir una empresa, Sentéz me dio la libertad de expresar, sin concesiones, mi manera de entender el diseño, el oficio y el lujo.
Sentèz nació en España, luego la vida te trajo nuevamente a la Argentina y, con la pandemia, tuviste que reinventar el proyecto. ¿Cómo fue ese recorrido y qué desafíos implicó volver a empezar?
Sentéz nació en España porque sentí la necesidad de volver a empezar.
Después de muchos años de trayectoria, quería salir de un lugar donde ya era conocida para ponerme a prueba en una cultura que respira diseño, oficio y creatividad.
Necesitaba descubrir cómo sería esta marca que construiría con toda la experiencia acumulada.
Vivir en Europa transformó profundamente mi manera de mirar, encontré una enorme libertad para crear, pero también una exigencia mayor.
Tuve el privilegio de ser seleccionada para presentar mi trabajo junto a referentes internacionales en París y Milán, experiencias que reafirmaron mi convicción de que el diseño tiene un lenguaje universal cuando nace de una identidad auténtica.
Argentina llegó después como una consecuencia natural.
Era un mercado que conocía profundamente, donde había construido una trayectoria durante muchos años y donde existía un reconocimiento hacia mi trabajo.
Volver con Sentéz significaba regresar con otra mirada, enriquecida por la experiencia europea, pero con el conocimiento de una industria que siempre había sido parte de mi historia.
Y lo hice sin especular, con una propuesta que Argentina definitivamente no tenia, y sorprendió y mucho.
Había decidido no adaptar la colección europea a la cultura local, porque, porqué hacerlo?
Mirando hacia atrás, siento que Sentéz solo podía nacer de ese cruce de culturas.
Argentina me dio el oficio y el conocimiento de la industria artesanal, Europa me dio la libertad de cuestionarlo todo, de animarme a romper estructuras y construir una marca desde una visión mucho más personal, pero también profesional.
Sentéz es el lugar donde esas dos maneras de entender el diseño finalmente se encontraron.
Tus carteras tienen una identidad muy marcada. ¿Cómo nace un diseño de Sentèz?
En qué te inspirás, cómo elegís los cueros, los herrajes, las cadenas y cada detalle que termina convirtiendo una cartera en una pieza única?
Un diseño de Sentéz nunca nace de una tendencia. Nace de una idea.
Antes de dibujar una sola línea, necesito saber qué emoción quiero despertar y qué personalidad va a tener esa pieza, recién después empieza un proceso mucho más técnico de lo que la gente imagina.
Elijo personalmente cada cuero, cada textura, cada espesor, cada herraje y cada cadena. No los pienso como elementos separados, sino como partes de un mismo lenguaje.
Un bolso puede tener un diseño hermoso, pero si el cuero no tiene la caída adecuada o el herraje no transmite la misma sofisticación, la pieza pierde coherencia.
Mi formación como artesana hace que diseñe desde la construcción.
Mientras dibujo, ya estoy pensando cómo se va a fabricar, cómo va a envejecer ese cuero con el uso, cómo se comportará una costura dentro de diez años o cómo se sentirá ese bolso en el cuerpo de quien lo lleve.
Para mí, el diseño y el oficio son inseparables.
Por eso nunca me interesó crear productos para una temporada, me interesa crear piezas que permanezcan.
Hoy, modelos como Lyon, Niza, Sevilla, Milán y Malí se han convertido en los grandes íconos de Sentéz porque lograron atravesar el tiempo sin perder vigencia.
Hay una experiencia que, para mí, vale más que cualquier tendencia o reconocimiento. Cuando alguien se detiene en la calle para preguntar de dónde es ese bolso o simplemente para decir cuánto le gusta, sucede algo extraordinario: un objeto logra crear un vínculo entre dos personas que no se conocen.
En ese instante, el diseño deja de ser solo diseño y se convierte en una experiencia compartida.
Creo que un bolso deja de ser un accesorio cuando es capaz de generar ese encuentro. Porque, en realidad, no admiramos solo un producto; también reconocemos a la persona que lo eligió.
Cuando eso ocurre, un bolso deja de pertenecer a una colección y empieza a formar parte de la vida de las personas y esa, para mí, es la verdadera aspiración de un ícono.
Hoy la producción está enfocada en Brasil y la marca dejó de comercializarse en Argentina. ¿Creés que en algún momento Sentèz volverá al mercado argentino?
Te imaginás expandiendo la marca a otros países? ¿Cuál es el próximo gran paso de Sentèz?
Nunca vi la expansión como una carrera por sumar mercados. Me interesa que Sentéz crezca solo cuando siento que puede hacerlo sin perder aquello que la hace diferente.
Hoy Brasil representa un desafío enorme, es un país con una tradición extraordinaria en cuero y marroquinería, con una industria muy desarrollada y un público que valora el diseño y la calidad. Por eso decidí concentrar allí toda la energía.
Más que abrir un nuevo mercado, siento que es una nueva etapa de la marca.
Argentina ocupa un lugar muy especial en mi historia y en la de Sentéz, es el país donde aprendí el oficio, donde desarrollé gran parte de mi trayectoria y donde la marca encontró un público que siempre la acompañó.
Por eso no veo nuestra salida como un final, sino como una pausa. Me gustaría volver cuando sienta que podemos ofrecer exactamente la experiencia que imaginamos, y no antes.
Claro que imagino a Sentéz en otros países, pero no persigo una expansión geográfica; persigo una expansión de identidad.
Mi mayor aspiración es que, esté donde esté, alguien pueda reconocer un bolso de Sentéz sin necesidad de mirar el logo, que lo reconozca por sus proporciones, por su construcción, por sus materiales y por su lenguaje.
Y siento que el próximo gran paso de Sentéz va mucho más allá de abrir nuevas fronteras.
Mi sueño es consolidar este universo creativo donde el diseño, el oficio y la cultura dialogan entre sí. Un espacio que incluya nuevas categorías, colaboraciones, proyectos culturales y experiencias capaces de transmitir una misma manera de entender el lujo.
Si logro construir una identidad verdaderamente sólida, los nuevos mercados llegarán como una consecuencia natural, no como un objetivo en sí mismo.
Después de tantos años dedicados a la marroquinería, ¿qué significa hoy para vos el lujo silencioso? ¿Cómo se construye una marca que apuesta por la calidad, el oficio y el tiempo, en un mundo dominado por el consumo rápido?
Con el tiempo entendí que el lujo no tiene que ver con la ostentación, sino con la ausencia de ella. Es la capacidad de un objeto de sostenerse en su propia calidad sin depender de tendencias ni artificios.
En marroquinería, eso se construye desde decisiones muy concretas: el cuero que se elige, el grosor exacto de un borde, la forma en que una costura resuelve, la proporción de un herraje, nada de eso es visible a primera vista, pero todo determina la experiencia final.
El verdadero lujo está en esa precisión invisible.
También aprendí que el tiempo no es un enemigo del diseño, sino su aliado.
Un buen bolso no está pensado solo para el momento en que se compra, sino para cómo va a acompañar a una persona y cómo va a transformarse con ella.
Esa dimensión temporal es central en mi manera de trabajar.
En un mundo acelerado, donde muchas cosas se diseñan para durar poco, elegir el oficio y la calidad es una decisión casi contracultural.
Implica aceptar procesos más largos, más exigentes y menos inmediatos, pero también permite construir algo que no depende del ciclo de consumo, sino de la permanencia.
Para mí, el lujo silencioso es eso: objetos que no necesitan llamar la atención para ser reconocidos, porque su valor está en la coherencia entre lo que son, cómo están hechos y cómo perduran en el tiempo.
Sentéz se construye desde ahí, desde la idea de que la verdadera sofisticación no grita: se sostiene.
Extrañamos a Sentéz porque no extrañamos solamente una marca.
Extrañamos una manera de hacer las cosas.
La de quienes creen que el lujo no está en un logo gigante, sino en un cuero noble, una costura perfecta, un herraje impecable y cientos de decisiones invisibles que construyen excelencia.
Y en ese modo de hacer, Claudia Epszteyn también se volvió (sin necesidad de decirlo) una embajadora del talento argentino en el mundo.
Una presencia que abre puertas, instala una forma de trabajo y lleva consigo un estándar que nos representa, incluso cuando la extrañamos desde acá.
Hasta La próxima!
La Señora del Lujo Silencioso
Después de construir una de las marcas de marroquinería más reconocidas del país, Claudia Epszteyn entendió que, para seguir defendiendo el oficio, la calidad y el diseño sin concesiones, debía empezar de nuevo. Hoy Sentéz apuesta por Brasil, mientras Argentina pierde otra historia nacida del trabajo artesanal.
¿QUIEN DEBE GANAR EL MARTIN FIERRO DE ORO?
Tres generaciones atravesadas por la industria textil argentina. Fábricas que cerraron, talleres familiares, reinvenciones inesperadas y la decisión de volver a empezar una y otra vez. La historia de Natalia es también la historia de quienes sostienen el oficio aun en tiempos difíciles.