De una noche mágica en Casa Azul a Viva Frida en Buenos Aires: el encuentro con una mujer que convirtió su identidad, su cuerpo y su cultura en una obra que todavía sigue viva.
Hay lugares a los que uno llega.
Y hay lugares que parecen llamarlo.
A Casa Azul llegué por magia.
Las entradas estaban agotadas.
Parecía que esa visita que tanto quería hacer durante mi viaje a México no iba a suceder.
Pero mis amigos Toño y Fran me dieron la sorpresa y, casi milagrosamente, consiguieron las entradas.
Y así fue como terminamos llegando a Coyoacán de noche, después de una enorme tormenta.
La lluvia había dejado las calles húmedas y el aire tenía esa quietud particular que queda después de una tormenta.
Frente a nosotros estaba aquella casa azul que tantas veces había visto en fotografías.
Pero una cosa es mirar Casa Azul.
Y otra muy distinta es entrar.
Lo que sentí aquella noche no fue exactamente estar visitando un museo.
Fue como si alguien hubiera abierto una puerta hacia la intimidad de una mujer que murió hace décadas y que, sin embargo, todavía estaba allí.
Estaban sus objetos.
Sus colores, sus fotografías, sus vestidos, sus joyas, sus corsés.
Su mundo.
Y estaba ella, de alguna manera.
No sabía entonces que esa sensación iba a volver a encontrarme en Buenos Aires.
Ayer entré al MALBA para conocer Viva Frida.
Y volvió a suceder.
Durante unos minutos sentí que Casa Azul había cruzado el continente.
Y lloré.
No fue solamente la emoción de estar frente a una obra de arte.
Fue algo más profundo: reconocer objetos que alguna vez estuvieron cerca del cuerpo de Frida y que ahora estaban frente a mí, en Buenos Aires.
Fue entonces cuando entendí por qué Frida tenía que convertirse en el quinto capítulo de Los Guardianes del Patrimonio Mexicano.
Porque si hay una mujer que, desde mi mirada, merece ocupar un lugar entre quienes hicieron de México una identidad que el mundo puede reconocer, esa mujer es Frida Kahlo.
No fue una guardiana institucional del patrimonio.
Fue algo diferente.
Llevó a México consigo.
Lo puso sobre su cuerpo.
Lo convirtió en color.
En vestido, en joya, en fotografía, en pintura.
En una manera de estar en el mundo.
Y consiguió que aquella identidad mexicana que habitaba en ella cruzara fronteras y generaciones.
FRIDA ANTES DEL ÍCONO
Una de las cosas que más me conmovió del recorrido fue volver a encontrarme con una Frida niña, Frida joven.
Antes del personaje.
Antes de las flores.
Antes de los trajes de tehuana.
Antes de que su rostro se convirtiera en una de las imágenes más reconocibles del siglo XX.
Una mujer.
Y después, poco a poco, aparece la construcción de esa identidad.
La ropa ocupa un lugar central.
Y no es casualidad.
Frida entendió que la vestimenta podía decir quién era.
Los huipiles, las faldas, los tocados, las joyas y los colores no fueron simplemente una elección estética, formaron parte de una identidad profundamente ligada a México.
El Museo Frida Kahlo explica que el guardarropa descubierto en Casa Azul en 2004 (después de décadas oculto) permitió recuperar prendas, accesorios, joyas y elementos ortopédicos, y comprender mejor cómo la artista utilizaba la ropa para retomar tradiciones familiares, construir su imagen y relacionarse con su propio cuerpo.
Por eso, frente a sus vestidos, comprendí que no estaba mirando simplemente indumentaria, estaba mirando identidad.
EL CUERPO TAMBIÉN SE VISTE
Frida tuvo una relación compleja con su cuerpo desde muy joven.
La poliomielitis, el accidente de 1925, las operaciones y los tratamientos dejaron marcas que la acompañaron durante toda su vida.
Y debajo de aquellos vestidos estaban muchas veces los corsés que necesitaba para sostener su columna.
El propio Museo Frida Kahlo explica que el corte amplio y cuadrado de determinados huipiles le permitía utilizar debajo los corsés ortopédicos.
Las faldas largas, a su vez, podían ocultar las asimetrías producidas por la poliomielitis, pero la vestimenta terminó siendo mucho más que una forma de disimular sus problemas físicos: se convirtió en una herramienta de identidad.
Eso es lo que ocurre cuando uno mira los corsés, las botas ortopédicas, las muletas.
El objeto médico deja de ser solamente un objeto médico.
Aparece la mujer que lo habitó.
Frida decoró sus corsés.
Intervino sus prótesis.
Transformó elementos asociados al dolor en objetos que también hablaban de ella.
No permitió que su cuerpo fuera contado solamente desde la enfermedad.
Lo convirtió en lenguaje.
Y eso, más de setenta años después de su muerte, sigue resultando profundamente contemporáneo.
EL LUJO DE LO IRREPETIBLE
Hay otra idea que me dejó esta exposición.
Vivimos rodeados de cosas que pueden reproducirse.
Una imagen, una tendencia, una prenda, un objeto.
Frida nos recuerda el valor de aquello que no puede repetirse.
Un vestido que estuvo sobre su cuerpo.
Una joya que eligió.
Una fotografía que la retrató.
Un corsé que acompañó una parte de su historia.
De pronto, esos objetos adquieren otra dimensión.
No son solamente objetos, son memoria.
Y quizás ahí exista una de las formas más profundas del lujo.
El verdadero lujo no siempre se exhibe, a veces se conserva.
Ese es, para mí, el verdadero lujo silencioso: no aquello que necesita mostrar cuánto vale, sino aquello cuyo valor está en la historia que guarda.
Un vestido que tocó un cuerpo.
Una joya que acompañó una vida.
Un objeto que sobrevivió al tiempo.
No necesita un logo.
Tiene memoria.
Y quizás por eso esta exposición dialoga de una manera tan natural con la moda, con la alta costura y con la idea de pieza única.
Frida construyó su identidad a través de elementos que hablaban de México, pero también de ella.
Creó una silueta.
Una paleta.
Una manera de aparecer.
Una manera de ser reconocida.
Y consiguió algo extraordinario: que su imagen se volviera inseparable de su identidad.
EL PUENTE ENTRE MÉXICO Y BUENOS AIRES
Pero Viva Frida cuenta también otra historia.
La de un puente.
Y detrás de ese puente hay nombres propios.
Elina Costantini.
Elina lleva años vinculada al universo de Frida.
Durante una visita a Casa Azul en 2023 junto a Eduardo Costantini, Laura Zavala, entonces subdirectora del museo, le planteó la posibilidad de llevar una exposición de Frida a la Argentina.
A partir de aquella conversación comenzó un proceso que se extendió durante años y que finalmente permitió que este proyecto llegara a Buenos Aires.
Ayer tuve la posibilidad de encontrarme con Laura durante el recorrido.
Y también con Perla Labarthe Álvarez, directora del Museo Frida Kahlo.
Dos mujeres que conocen de cerca ese universo que ahora nosotros podemos recorrer.
La muestra, organizada por la Semana de la Alta Costura Argentina (SAC) y el Museo Frida Kahlo de México, bajo la dirección del proyecto de Elina Costantini, llega por primera vez a Sudamérica y reúne más de 365 piezas entre objetos personales, pinturas, fotografías, cartas y documentos.
Pero para mí hay algo todavía más importante.
No siento que México haya simplemente prestado una colección.
Siento que México abrió una puerta.
Y que Elina y Eduardo Costantini hicieron posible que esa puerta pudiera abrirse también acá.
LOS GUARDIANES TAMBIÉN NECESITAN GUARDIANES
Y entonces la historia vuelve a empezar.
Frida fue guardiana de una identidad.
Casa Azul conserva su universo.
Perla Labarthe Álvarez custodia institucionalmente ese legado.
Laura Zavala conoce y transmite una parte de esa memoria.
Elina tomó una idea nacida en México y trabajó para traerla a Buenos Aires.
Y Eduardo Costantini acompañó ese proyecto y lo recibió en el museo que fundó.
Hay algo hermoso en esa cadena.
Porque los guardianes también necesitan guardianes.
El patrimonio no sobrevive solamente porque exista.
Sobrevive porque alguien decide cuidarlo, estudiarlo, transmitirlo y volver a ponerlo en circulación.
Y eso es lo que sucede ahora con Frida.
VIVA FRIDA
Mientras recorría las salas pensé muchas veces en aquella noche en Casa Azul.
La tormenta.
Coyoacán.
La puerta azul.
La emoción de entrar.
Y después pensé en Buenos Aires.
En el MALBA.
En los vestidos.
En los objetos.
En las fotografías.
En los corsés.
En esa presencia tan difícil de explicar que aparece cuando uno está frente a algo que perteneció realmente a una persona.
Quizás por eso lloré.
Porque no estaba simplemente viendo una exposición.
Estaba reencontrándome con una casa que ya había conocido.
Solo que esta vez la casa había viajado.
Y en ese viaje había algo mucho más grande que Frida.
Había México.
El México que ella eligió vestir.
El México que convirtió en color.
El México que llevó consigo.
El México que hizo visible para el mundo.
Por eso Viva Frida no me parece solamente el nombre de una exposición.
Es una afirmación.
Frida está viva en sus obras.
En sus vestidos.
En sus objetos.
En Casa Azul.
En quienes conservan su legado
En quienes lo estudian.
En quienes lo cuentan.
Y también en quienes todavía se emocionan frente a ella.
Salí del MALBA con una sensación difícil de explicar.
En México había sentido que entraba en la casa de Frida.
En Buenos Aires sentí que esa casa había venido a buscarme.
Y entonces entendí por qué ella debía ser el quinto capítulo de esta historia.
Hay quienes custodian el patrimonio con sus manos.
Hay quienes lo conservan en sus museos.
Hay quienes lo investigan.
Hay quienes lo transmiten.
Y hay quienes consiguen algo todavía más difícil:
hacer que un país viaje con ellos.
Frida Kahlo hizo eso con México.
Aquella noche, después de una tormenta, Toño y Fran consiguieron que pudiera entrar a Casa Azul.
Ayer, en Buenos Aires, otra vez ocurrió algo que se parece a la magia.
Solo que esta vez no tuve que viajar.
Casa Azul había cruzado el continente.
Y Frida estaba allí.
VIVA
Hasta la Próxima
La Señora del Lujo Silencioso
PD: VIVA FRIDA se inaugura para el público este sábado 19 de septiembre a las 19.00 hs, el ingreso es libre y gratuito, sin inscripción previa y por orden de llegada.
El museo permanecerá abierto hasta las 00.30 hs
MALBA: Avenida Figueroa Alcorta 3415, CABA
NO te la pierdas!
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Después de recorrer México y sus tradiciones en “Los Guardianes del Patrimonio Mexicano”, vuelvo a encontrarme con ese universo en Buenos Aires. Esta vez, de la mano de Elina Costantini, protagonista de una nueva edición de SAC que lleva “Viva Frida” por primera vez a Sudamérica. Alta costura, arte, identidad y patrimonio se encuentran en el MALBA, con más de 300 piezas de Frida, cuatro diseñadoras y una experiencia que también llega a la mesa de Coronado, el restaurante creado por Elina junto a seis inversores.