Durante años hablamos de cuerpos reales. De talles, de peso, de altura, de piel. Pero hay algo de lo que se habla poco, casi nada: el pelo.
Por Gabriela Guerrero Marthineitz
El pelo también discrimina.
El pelo también clasifica.
El pelo también decide quién encaja y quién no.
Rulos o lacio.
Morocha o rubia.
Natural o “corregido”.
En una sociedad que todavía responde a un ideal estético profundamente eurocéntrico, el mensaje es claro aunque no se diga en voz alta: mejor liso que rulo, mejor claro que oscuro.
Tan eurocéntrico es ese modelo que basta mirar las marcas internacionales: más del 90 % de los productos capilares de marcas europeas “de referencia” están pensados para cabellos finos, mayormente claros, de textura completamente distinta a la del cabello latino y te venden que te van a mejorar la calidad de tu pelo!
No es casual que tantas mujeres latinoamericanas se tiñan de rubio.
Reflejos. Iluminaciones, balayage constantes.
Aclarar el pelo parece sinónimo de mejorar, de ascender, de verse “más linda”, “más prolija”, “más presentable”.
En cambio, casi nadie decide oscurecerlo.
Como si el pelo oscuro fuera un retroceso.
Como si no fuera deseable.
Y si además ese pelo oscuro es rizado, el mandato se vuelve todavía más cruel.
Porque el rulo —históricamente asociado a cuerpos racializados— sigue siendo leído como desprolijo, poco profesional, excesivo.
Entonces se lo doma.
Se lo tapa.
Se lo alisa.
Se lo quema.
Lo digo con conocimiento de causa.
Porque soy morocha.
Porque tengo el pelo oscuro.
Porque tengo rulos.
Y porque durante toda mi vida eso fue motivo de comentario, de apodo, de clasificación.
En mi época no se llamaba bullying.
No existía la palabra.
Pero existía el hecho.
“Negrita candombera”.
Así me decían mis compañeras.
Lo decían sin culpa.
Sin corrección política.
Hoy muchos no lo dicen.
Pero lo piensan.
Y otros aprendieron a disimularlo mejor.
LA DISCRIMINACIÓN NO DESAPARECIÓ: SE VOLVIÓ MÁS HIPÓCRITA.
Porque cuando me hago brushing, cuando me aliso, cuando llevo el pelo “domado”, aparece la frase:
“Qué buen pelo tenés”.
Como si ese pelo fuera otro.
Como si ese pelo sí fuera aceptable.
Como si ese pelo fuera el correcto.
Ahí está la hipocresía que seguimos viviendo.
No es que el rulo no sea lindo.
Es que no encaja.
No es que el pelo oscuro no sea elegante.
Es que no responde al ideal.
Y para determinados espacios —laborales, sociales, simbólicos— el mensaje sigue siendo el mismo: mejor lacio, mejor claro, mejor prolijo según una norma que no contempla la diversidad real.
El costo invisible del encaje
Para alcanzar ese modelo que la sociedad impone, muchas mujeres están dispuestas a cualquier cosa.
Incluso a dañar su salud.
Coloraciones agresivas para llegar al rubio.
Decoloraciones repetidas cada pocas semanas “para dar luminosidad”.
Alisados con formol —sí, formol— una sustancia cuya toxicidad y potencial cancerígeno ya fue comprobada.
No importa.
Hay que tener el pelo lacio.
Hay que verse prolija.
Hay que encajar.
Lo que no se muestra es el después.
Pasados los 40, los 50, el pelo empieza a pasar factura:
Hoy vemos cada vez más mujeres con problemas severos de caída de cabello, y sin embargo, de esto casi no se habla y de sus causas reales tampoco, se lo atribuye a la mala alimentación, problemas hormonales, que sí pueden ser un motivo pero nadie le suma la continua agresión de los químicos que se utilizan en estos procesos.
Las canas: el tabú mayor
Si el rulo incomoda, la cana directamente molesta.
La cana sigue siendo uno de los últimos grandes tabúes estéticos femeninos.
No se tolera.
No se perdona.
No se deja estar.
A las mujeres se nos enseñó que la cana es abandono, dejadez, descuido.
Mientras que en los hombres puede ser “interesante”, “distinguida”, “seductora”.
Así nace otra esclavitud: la de las tinturas.
Cada tres semanas.
Cada dos.
A veces cada diez días.
Raíz, retoque, mantenimiento.
Una carrera infinita contra el espejo.
Y nuevamente, el cuerpo paga el precio: cuero cabelludo irritado, alergias, caída, fragilidad.
Pero nadie frena.
Porque mostrar la cana parece un acto de rebeldía imperdonable.
El silencio conveniente
¿Será porque la industria cosmética del cabello mueve millones en todo el mundo?
¿Será porque cuestionar el modelo estético implica cuestionar un negocio gigantesco que se sostiene sobre la inseguridad femenina?
Porque si una mujer acepta su pelo tal como es —su textura, su color, su edad— deja de consumir correcciones constantes.
Y eso no conviene.
El pelo no es solo pelo.
Es identidad.
Es pertenencia.
Es aceptación social.
Cuando una mujer siente que debe cambiar su pelo para ser tomada en serio, para ser deseada, para ser contratada, el problema no está en su cabeza, sino en la sociedad.
La generación silver: una grieta luminosa
Pero algo está cambiando.
Lentamente, sin estridencias, está naciendo una generación silver de mujeres que deciden dejar de pelearse con el tiempo.
Mujeres que eligen mostrar sus canas.
Que dejan crecer su color natural.
Que abandonan la esclavitud de la tintura.
No por moda.
No por militancia obligatoria.
Sino por libertad.
Mujeres que entienden que aceptar el rulo, aceptar el pelo oscuro, aceptar la cana no es rendirse, sino recuperar soberanía sobre el propio cuerpo.
No como imposición.
Sino como elección.
Hoy, si me hago brushing, es porque quiero.
No por obligación.
No para encajar.
No para ser aceptada.
Y si tengo ganas de dejarme mis rulos, me los dejo.
Y si mis canas aparecen, que aparezcan.
Ya aparecieron y me encantan pero los comentarios son:
Tenés pocas, teñite así te queda mejor, rejuveneces.
No, no me voy a teñir, amo mis canas y si tengo más, mejor!
Así que no me digan más que me tiña porque no lo pienso hacer!
La diferencia es simple y profunda: ahora elijo yo.
Tengo 63 años y entendí que no hay pelo perfecto.
Hay libertad o no la hay.
Porque no debería doler ser una misma.
Ni costarnos la salud.
Ni el pelo.
¿Y a vos, qué te pasa con tu pelo?
Hasta la próxima,
La Señora del Lujo Silencioso
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