Interés general
28/01/2026

LA BELLEZA QUE MATA

Cuando la eterna juventud deja de ser deseo y se convierte en condena. Entre ficciones que parecen realidades y procedimientos sometidos a una industria, hoy hay cuerpos que sufren por no ser aceptados y una sociedad que castiga lo distinto.

Por Gabriela Guerrero Marthineitz

Hubo un momento en que la obsesión por la juventud eterna se contó en clave de comedia.

La muerte le sienta bien, con Meryl Streep y Goldie Hawn, se animaba a mostrar lo grotesco de querer detener el tiempo: un elixir que prometía belleza eterna y transformaba a sus protagonistas en seres que no envejecían pero tampoco vivían.

Fue sátira, sí, pero también advertencia.

Hoy, la comedia se volvió horror.

Belleza Perfecta, la nueva serie creada por Ryan Murphy y estrenada en Disney+ a principios de 2026, plantea un mundo donde un tratamiento llamado “The Beauty” (una sustancia que convierte a quienes lo usan en versiones atractivas de sí mismos) oculta efectos secundarios mortales.

La serie mezcla ciencia ficción, terror y sátira social para mostrar cómo alcanzar la perfección física puede matar literalmente.

Lo que en la ficción es letal, en la vida real tiene efectos menos espectaculares pero no menos reales: procedimientos estéticos —desde toxina botulínica hasta rellenos— pueden implicar riesgos físicos y psicológicos que rara vez se cuentan con sinceridad.

Según dermatólogos y expertos, aunque el botox se considera seguro cuando lo administra un profesional médico capacitado, solo médicos formados deberían realizar estos procedimientos porque hay riesgos asociados que deben ser evaluados clínicamente antes de cada tratamiento.

Además, investigaciones médicas muestran que aspectos psicológicos como el trastorno dismórfico corporal (BDD), una obsesión por defectos percibidos en la apariencia, están sobrerrepresentados entre quienes buscan tratamientos estéticos, indicando que no siempre se trata de un simple deseo de verse mejor, sino de una profunda angustia vinculada a la autoimagen.


La vida como castigo de la mirada ajena

En Belleza Perfecta uno de los personajes centrales —un hombre gordo y rechazado por las mujeres en su mundo social— no busca perfección por vanidad, sino por aceptación.

La serie lo presenta como alguien dolido, marginado por los cánones que privilegian cuerpos y rostros “deseables”, y que decide someterse al tratamiento en un intento por ser visto, amado o incluido.

Esta figura —el que no encaja— no es un cliché narrativo: es la metáfora extrema del dolor social por no estar dentro del molde.

Esa narrativa resuena con estudios sobre imagen corporal: no es la severidad del rasgo físico lo que causa angustia psicológica, sino la percepción de rechazo social y la internalización de estándares que valoran ciertos cuerpos por encima de otros.

La belleza, entonces, deja de ser elección y se transforma en una necesidad de supervivencia simbólica cuando no encajás, el cuerpo se vuelve proyecto de reparación para ser aceptado.

Más allá del cuerpo: el impacto emocional

No se trata solo de procedimientos médicos. La presión social que normaliza tratamientos estéticos también puede alimentar ciclos de ansiedad, inseguridad y baja autoestima.

Estudios psicológicos señalan que muchas personas buscan cirugía o tratamientos estéticos no solo por cambios físicos, sino como respuesta a presiones culturales y expectativas sociales internalizadas.

Y aquí está la paradoja: aunque algunos pacientes reportan mejoras en su autoestima después de una cirugía, en otros casos los procedimientos no resuelven los problemas subyacentes de autoimagen, y pueden incluso empeorar la angustia emocional si se utilizan como solución única al dolor psicológico.

(Cambridge University Press & Assessment)

Este fenómeno queda claro cuando consideramos cómo influye la cultura visual actual: muchos se sienten impulsados a cambiar su apariencia por la presión que ejercen los estándares difundidos por redes, celebridades y algoritmos que privilegian un ideal uniforme de belleza, exponiendo y amplificando inseguridades que antes podían permanecer privadas o internas.


La verdadera batalla: la aceptación

La ficción y la vida real convergen en una lección incómoda:

poner la apariencia por encima de la vida y de la salud es perder de vista lo que realmente importa.

No es casualidad que la serie y la cultura que la rodea pongan en pantalla a personajes dolidos, invisibilizados o rechazados.

Esa representación extrema no solo nos aterroriza, sino que nos refleja, vivimos en un mundo donde ser joven y “perfecto” se confunde con ser válido, donde envejecer se percibe como fracaso, donde la aceptación social se mide en rostros y cuerpos que imitan un ideal imposible.

Quizás la pregunta no sea cómo parecer eternamente joven, sino cómo vivir una vida completa en un cuerpo que cambia.

La belleza eterna es una ilusión vendida por la industria y reforzada por los medios.

En la práctica, las consecuencias pueden ir desde riesgos físicos hasta heridas en el alma que ningún tratamiento de superficie puede curar.

Hay otro tratamiento.

No es inmediato, no promete milagros y no se vende en cuotas.

Es un modo de vida.

Comer mejor. Mover el cuerpo. Caminar. Respirar.

Hacer contacto con la naturaleza, pisar la tierra, bajar el ruido.

Relajarse. Y, si se puede, meditar —aunque sea cinco o diez minutos por día—.

Sanar de adentro hacia afuera lleva tiempo.

Pero es real.

La serie lo muestra con crudeza: cuando elegimos el atajo, el veneno también actúa de adentro hacia afuera.

La diferencia es que no se ve… hasta que un día explota.

Llegar a la vejez no es una derrota. Es un logro.

Es haber vivido, amado, caído y reconstruido.

Y si algo nos enseñan historias como La muerte le sienta bien y Belleza Perfecta, es que intentar pelearle al tiempo puede costarnos más que una línea de expresión: puede costarnos la relación sincera con nuestro propio cuerpo y nuestra propia humanidad.

Hay una frase que siempre dije y seguiré repitiendo:

hay una batalla que perdimos al nacer y es luchar contra la vejez.

Esta columna está pensada y escrita en memoria de Silvina Luna, una mujer bella que murió por no reconocerse como tal y por el deseo de ser aceptada por una sociedad que no perdona.


Hasta la próxima!

La Señora del Lujo Silencioso


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